Prohibida para el Heredero de la Mafia

Prohibida para el Heredero de la Mafia

RoMa-29

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Después de ocho años en el exterior, Michelle Volkov regresa a la mansión de su padre adoptivo convencida de que vuelve a casa... y de que podrá reencontrarse con el único hombre que jamás pudo olvidar. Pero la mansión ya no es el hogar que ella conoció: es una fortaleza. Y Alekséi Volkov -su "hermanastro", el futuro heredero de la Bratva- ahora le pertenece a otra mujer. Durante ocho años, Alekséi se aferró a una sola regla para sobrevivir a lo que sentía. Ahora, la única mujer prohibida para él, acaba de volver ¿romperá las reglas?

Prohibida para el Heredero de la Mafia Capítulo 1 La mansión que no me esperaba

El avión aterrizó en Moscú a las tres de la mañana.

Nadie me esperaba en la puerta. Solo Viktor, el chofer de siempre, con su cara de piedra y su traje negro que olía a puro cubano. Me abrió la puerta del SUV blindado sin decir una palabra y condujo durante cuarenta minutos por carreteras que yo había olvidado, o que quizás nunca había aprendido del todo.

Tenía veintiún años. Ocho de ellos los había vivido en Ginebra, en un internado que Dmitri Volkov pagaba puntualmente cada trimestre y que yo había aprendido a llamar casa porque no tenía otra. Ahora regresaba a la mansión Volkov por primera vez desde los trece, y lo hacía porque mi padre adoptivo estaba enfermo y porque cuando Dmitri Volkov decía «vuelve», no había manera existente de decir no.

La verja de hierro apareció entre los árboles como siempre la había recordado: alta, oscura, sin adornos. Imponente en la forma en que son imponentes las cosas que no necesitan demostrar nada, porque el poder que tienen es indiscutible y todo el mundo lo sabe.

El coche avanzó por el camino de grava. La mansión fue emergiendo desde la oscuridad en secciones: primero las luces del pórtico, luego la fachada blanca con sus columnas, luego la escala entera del edificio, que yo había olvidado que era tan grande.

Viktor me ayudó con el equipaje sin hablar.

Entré sola.

El vestíbulo olía exactamente igual que ocho años atrás: a madera, a flores cortadas y a algo más, algo que no sabría definir, pero que yo asociaba con peligro sin que nadie me lo hubiera enseñado. Era el olor de una casa donde las decisiones que se tomaban en los despachos de abajo podían acabar con vidas. Lo había sabido desde niña, aunque nadie me lo dijera.

-Michelle.

Me giré.

Irina, el ama de llaves, bajaba las escaleras con esa postura recta que tenía siempre, el cabello gris recogido, una bata oscura que probablemente se había puesto al escuchar el coche.

-Bienvenida a casa -dijo.

La frase sonó rara. No porque Irina no lo dijera con calidez, sino porque «casa» era una palabra que yo había dejado de asociar con este lugar hace mucho tiempo.

-¿Cómo está mi padre? -pregunté.

-Descansando. El doctor dice que mañana podrá recibir visitas por la mañana.

-¿Es tan grave?

Irina me miró de una manera en la que quería contarme algo, pero no se atrevió a decir más de lo que se puede decir en esta casa.

-El señor Volkov le explicará todo -dijo.

No era una respuesta; era su forma de no responder, que en esta casa tenía rango de tradición.

Me llevó a mi habitación de siempre, en el segundo piso, ala este. La habían preparado: flores frescas, sábanas limpias, la ventana que daba al jardín entornada para dejar entrar el aire de la noche. Alguien había pensado en esos detalles. Alguien había sabido exactamente cuándo iba a llegar.

Me senté en el borde de la cama y miré la habitación.

Todo igual. Como si el tiempo no hubiera pasado aquí, como si esta habitación hubiera estado esperándome, suspendida en un presente completamente indefinido.

Abrí el equipaje. Saqué solo lo necesario para esa noche.

Fue entonces cuando escuché los pasos en el corredor.

Lentos, seguros, el tipo de pasos de quien camina por un lugar que le pertenece completamente y lo sabe.

Se detuvieron frente a mi puerta tres segundos, luego continuaron. Se alejaron hacia el ala opuesta del piso.

Me quedé quieta con la ropa en las manos, el corazón haciendo algo que no debería hacer por unos simples pasos en un corredor.

Alekséi, mi hermanastro.

No necesité verlo para saberlo. Lo conocía todo de él aunque hubieran pasado ocho años. Mi cuerpo siempre me recordaba lo que mi mente preferiría olvidar.

Me acosté. Tardé en dormirme.

Fuera, la mansión Volkov respiraba en silencio.

Y yo tuve la certeza de que nada de lo que vendría en los meses siguientes iba a ser fácil de sobrellevar.

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