ítu
VISTA D
u presencia me dejó sin aliento antes inc
el mundo entero se doblegara a su voluntad. Me resultaba familiar. Su figur
u nombre, pe
resulta familiar. Su aura. Quiero estar cerca d
ió la espalda. Algo and
juego con su atuendo real, como si hubiera sido hecha exclusivamente para él. No podía verle
le. Todos los lobos y licántropos del salón parecían atraídos hacia él, obligado
a que no podía resistirme. Me dolía el pecho. Quer
endo. Simplemente me siento atraída hacia él. Lo
da y los labios entreabiertos en señal de asombro. Otras susurraban, lanzando miradas d
damas lo miraban como si quisieran devorarlo? Mi loba gruñó en silencio. ¿Qué
n él. Cuando se acomodó en su asiento, nuestras miradas se cruzaron, y lo sentí, una chispa de reconocimi
z juicio. Un destello de reconocimiento, como si me conociera.
arañando mi mente. «Compa
, ahora, disfrazado de rey. Sin embargo, mi corazón, mis instintos, me gritaban que podía ser
se extendiero
compañera ahora? Espero que s
disgustara. Podría matar a s
ente. Mis sentidos agudizados los captaban con
ultitud, su miedo mezclado con asombro. Todos los alfas, la
aire pareció estremecerse ante la orden, y todos mis instintos se tensaron. A
a- era imprescindible. Pero cada fibra de mi ser, cada instinto, gritaba para mostrar los di
ndo de mi mente, susurrando su nombre en un lenguaje que ninguna palabra podía capturar. A
arría el salón con dominio imperioso, supe una
cumplir los treinta años. Tengo veintiocho. No hay necesidad de apresurarse, pero no veo razó
oído muchos rumores sobre mi rostro; algunos dicen que es feo, que tiene cicatrices. S
pecho, con el corazón latiendo con fuerza. Artemisa se agitó bruscamente den
stá reaccionando así
jo, llevando la mano al borde de
cargado de poder, expectación y tensión. Artemis gruñó en voz baja, advirtiéndome de
ar, extrañamente
jaba en su rostro, trazando los rasgos marcados de su máscara, la fuerza de su mandíbu
nterior s
ero innegable, me oprimía el pecho; el vínculo de pareja, enterrado durante tanto tiempo, en silencio durante tres año
e agudizaron, las garras me picaban, el impulso de saltar, de reclamar, de proteger, me
, el asombro y la sumisión flotaba por la sala. Sin embargo, en lo único en lo que podía concentrarme era en
indescifrables y, sin embargo, había reconocimiento. Una chispa qu
ndo los bordes de mis pensamientos: «Se sie
a indiferencia serena, incluso mientras mi pulso se a
fin, se quit
ponente, increíblemente cautivador. Se me cortó la respiración. Todos mi
nstándome a la precaución, pero incapaz de
podía moverme. No po
a ató
/0/23540/coverbig.jpg?v=83da0f7f8694dda4c1c645a9d1666b3c&imageMogr2/format/webp)