a a vendas sin lavar, cuero y el distintivo sabor metálico de la sangre. El hi
del alijo de Cresta. El tipo en el mostrador, un peso pesado retirado co
pas una uñ
cambió a un par de leggings gastados y una camise
ual era calmante. Arriba, abajo, a tr
ó al sac
ó un
Sus músculos se habían ablandado durante sus tres años como esposa trofeo. La pelea en el callejón había sido pur
s dientes
u
a v
u
en sus músculos era bueno. Era real. Significaba que estaba viva. Se enfocó e
s, la puerta del
Under Armour, pero la línea cara-. Sus tenis eran de un blanco inmaculado. Ten
de Zarzal. El play
a pasada, Junco le había coqueteado en una ga
buscando un entrenador. Sus
aco. Apreció la curva de su cintur
poniendo su mejor s
ar junto al saco de ella-. Le estás peg
detuvo. Jab.
dijo ella,
o se
creo haberte vi
pada -dijo
ostumbrado al rech
cuado de proteína. Te ves como
o enguantada. Se giró para enfrent
sionarte la muñeca si golpeas el saco con esa
parp
ado boxeando por d
sacos de boxeo -dijo Alborada-. Tu vendaje está muy
taba siendo sermoneado por una
ré este saco más duro de lo que tú jamás podrías. Si
ojos. Comenzó a de
lgo co
ticinco! -pr
dije.
a presumir. Quería impresionar a la
do su peso en ello, su forma descuidada, sus pulgar
lp
R
fue el saco.
su mano contra su pecho. Se d
ó. Recogió su b
dije -d
lo de largo ha
co, con lágrimas en
orada por encima del hombro-. Y dile a tu tío Za
olvidando el dol
onoces a
ondió. Desaparec
cunando su muñeca hinchada. Buscó torpemente su
al? -llori
a voz de Zarzal era c
mpí la muñeca. Y... conocí a una muje
ncio en el o
ela -dij
no sé, como si estuviera viendo a t
nido que podría ha
ns -ordenó Zarzal-. Enviaré a F
ir? -preguntó
a dejarlo todo por una mu
¿
e nuevo... n
-
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