“Mi esposo, Alejandro, era el ancla guapa y estable en mi vida como influencer de moda. ¿Su único defecto? Era terriblemente malo con la cámara. O eso creía yo, hasta que una foto viral lo expuso como Claroscuro, un fotógrafo legendario que desapareció hace años por su musa, Isolda. En nuestro aniversario, mientras yo estaba secretamente embarazada, me abandonó para salvar el desfile de regreso de ella. No llamó para ver cómo estaba, sino para exigirme que le enviara mi cámara de 300,000 pesos -un regalo suyo- para que ella la usara. "De todos modos, se desperdicia en tus sesioncitas de influencer", dijo, con la voz plana. Sus palabras me destrozaron mientras estaba sentada sola en una clínica, acabando de perder a nuestro bebé. Colgó. El tono de la línea muerta zumbaba en el silencio. No era solo un reemplazo; era una herramienta. Miré mi teléfono, donde el número de mi abogado ya estaba guardado, y presioné llamar.”