“Era la esposa de un multimillonario, pero mis zapatos tenían agujeros. Mi mensualidad de dos mil pesos, el precio por la deuda de veinte millones de mi familia, se había esfumado en cosas básicas. Cuando le pedí a mi esposo, Javier, un par nuevo, me dijo que no lo molestara con pequeñeces. Minutos después, una notificación apareció en mi celular. Acababa de donar mil millones de pesos a un ala del Museo Soumaya que llevaba el nombre de su exnovia. Luego llegó el mensaje al chat grupal de su círculo de amigos. -Escuché que Florencia solo recibe dos mil pesos al mes -escribió una de las esposas-. ¡Mi perro come mejor que eso! Mil millones para otra mujer mientras a mí me comparaban con una mascota. La humillación fue un golpe físico, y me di cuenta de que no solo era tacaño; estaba tratando activamente de romperme. Pero algo dentro de mí se negó a hacerse añicos. Revisé mi teléfono hasta que encontré el discreto anuncio que buscaba, un lugar del que susurraban las mujeres desesperadas: «Campos Elíseos». Esto ya no se trataba de zapatos. Se trataba de libertad. Presioné el botón de llamar.”