“Mi padre murió porque una socialité borracha, Kenia de la Torre, bloqueó la ambulancia que lo llevaba al hospital. Se reía mientras grababa todo el caos para sus seguidores. Cuando intenté llevarla ante la justicia, mi esposo, Cornelio, me drogó y borró el video de mi celular. Todo porque Kenia de la Torre es la hija de su principal inversionista. Dejó que se mudara a nuestra casa, donde se burló de la muerte de mi padre. Me sujetó mientras ella me derramaba café hirviendo en el cuello. "Ojo por ojo", dijo con una calma escalofriante. En la fiesta de cumpleaños de Kenia, me incriminaron por robar un collar y me obligaron a caminar sobre carbones ardientes para demostrar mi inocencia. La gota que derramó el vaso fue cuando Cornelio ordenó que arrojaran el cuerpo de mi padre al mar, solo para proteger a la asesina, Kenia de la Torre. Él creyó que me había destrozado. Pero mi padre, un abogado precavido, me había dejado dos regalos: un acuerdo postnupcial blindado que me daba derecho a la mitad del imperio multimillonario de Cornelio, y una copia secreta y encriptada del video que él creía haber borrado. No tenía ni idea de que no solo había destruido a su esposa; había creado a su verdugo.”