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La Traición del Corazón Roto

Capítulo 2 

Palabras:775    |    Actualizado en: 08/07/2025

esta todavía resonando en mis oídos como una burla cruel. Una enfermera me

de espera. Un doctor de rostr

voz suave, pero firme. "Hi

forma en que evitaba mi mirad

fue demasiado fuerte. Se quedó dormido al volante, seg

ahogado escapando de mi garganta. El doctor siguió hablando, explicando detalles

ravés de la niebla de mi dolor:

puerta metálica se abrió con un chirrido, revelando una sala fría y silenciosa. E

Mi

h

staba pálido, con algunos rasguños, pero parecía dorm

vomité allí mismo, en el piso frío y pulcro. No era comida, era solo bilis amarga, e

aba sin descanso, que sacrificaba su juventud para ayudar a su padre. Vi sus zapatos, gastados, con las su

Su vestido de seda, sus joyas brillantes, la copa de champán burbujeante

uño. Una y otra vez. No sentía el dolor en mis nudillos, solo el dolor insoportable en mi alma. Quer

ncioso, desgarrador,

el pasillo. Era Sofía. Su rostro estaba pálido, sus ojos muy abiertos. Se había camb

rto de servicio contiguo, dejando la puerta e

cción a la morgue. Pero antes de que pudiera seguir, su

ja de la puerta, cont

baja y conspiradora. "Sí, es verdad... Ricardo

nar la voz de Mateo al otr

iempre. "El plan sigue en pie. Con la lana de Ricardo y el extra que sacaba Miguel de sus trabajitos, Santiago

zón se

n. La lana

ón de años. Había mantenido a su propia familia en la miseria, había permitido que su hijo

e mi hijo, era una extraña. Una monstruo. Y en ese momento, en el pasillo estéril de un hospital, mientras el cuerpo de

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La Traición del Corazón Roto
La Traición del Corazón Roto
“El teléfono vibró, anunciando una llamada que destrozaría mi madrugada y mi vida. Era el hospital, con la voz impersonal que me informó que Miguel, mi hijo, había sufrido un accidente grave. Corrí a buscar a Sofía, su madre, mi esposa, el único hombro en el que creí poder apoyarme en la inmensidad de este horror, pero sus excusas me llevaron a una fiesta. Ahí estaba, Sofía, celebrando, brindando y riendo a carcajadas con Mateo y su hijo Santiago, mientras nuestro Miguel, mi razón de ser, luchaba, o dejaba de luchar, por su vida. El médico lo confirmó: Miguel no lo logró. Y entonces, en el pasillo helado de la morgue, mi cuerpo se derrumbó mientras mi alma era consumida al escuchar a Sofía hablar por teléfono con Mateo: "El plan sigue en pie. Con la lana de Ricardo y el extra que sacaba Miguel de sus trabajitos, Santiago ya está dentro de la universidad. Por fin... por fin te pagué la deuda que tenía con tu familia. Estamos a mano." No era indiferencia, era traición. Una jugada fríamente calculada que había usado la vida de mi hijo como peón. La ira me quemó el alma, pero me tragué mi dolor y mi furia. No le di el gusto de verme roto. Incluso en el funeral, Sofía abandonó a nuestro Miguel por consolar a Santiago, el mismo que, años después, la policía revelaría fue el atropellador de nuestro hijo. En ese momento, solo me quedó una verdad: estaba solo y con el tiempo contado. El cáncer me estaba devorando, pero una última chispa de fuerza me impulsó a cumplir el sueño de mi hijo. Dejaría este purgatorio que llamábamos hogar, no sin antes encender la mecha que haría explotar su infierno. Leí el diario de Miguel, sus sueños, sus sacrificios, y lo dejé para ella. Sabía que lo encontraría y que, a través de sus palabras, Miguel, mi pequeño, rompería por fin el corazón que yo ya no pude.”
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