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La Traición del Corazón Roto

Capítulo 3 

Palabras:625    |    Actualizado en: 08/07/2025

mata. La casa, que siempre había sido un refugio humilde, ahora se sentía como una tumba. Cad

ostro concentrado, el lápiz detrás de la oreja, me golpeó con una fuerza devastadora. El dolor era un océano negro que a

só hasta que escuché la

So

ojos para enrojecerlos y su rostro estaba contorsionado en una máscara de do

. Nuestro niño... nuestro Miguelito..."

dora. A la mujer que hablaba por teléfono con su cómplice mientras su hij

había rastro de la angustia genuina que desgarra a un padre. Su ropa, aunque sencilla, estaba impecable. Y un leve, casi im

se a mi lado en el sofá, demasiado cerc

antes me habría reconfortado, pero q

uertes, Ricardo. E

onó contra el mío, buscando un consuelo que ella misma había destruido.

más profundo de mi ser. Su contacto me quemaba la piel. Er

té. No con violencia, sino con un

ca, sin vida, pero cargada de una firme

revelando una chispa de irritación en sus ojos. No esperaba resistencia. Esperaba un esp

endo tanto como tú...", empezó a de

red, viendo las imágenes de su traición repetirse una y otra vez en mi

ta vez con más fuerza,

que no m

imera grieta en mi coraza de hielo. La primer

sa y enfado. La víctima se estaba convirtiend

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La Traición del Corazón Roto
La Traición del Corazón Roto
“El teléfono vibró, anunciando una llamada que destrozaría mi madrugada y mi vida. Era el hospital, con la voz impersonal que me informó que Miguel, mi hijo, había sufrido un accidente grave. Corrí a buscar a Sofía, su madre, mi esposa, el único hombro en el que creí poder apoyarme en la inmensidad de este horror, pero sus excusas me llevaron a una fiesta. Ahí estaba, Sofía, celebrando, brindando y riendo a carcajadas con Mateo y su hijo Santiago, mientras nuestro Miguel, mi razón de ser, luchaba, o dejaba de luchar, por su vida. El médico lo confirmó: Miguel no lo logró. Y entonces, en el pasillo helado de la morgue, mi cuerpo se derrumbó mientras mi alma era consumida al escuchar a Sofía hablar por teléfono con Mateo: "El plan sigue en pie. Con la lana de Ricardo y el extra que sacaba Miguel de sus trabajitos, Santiago ya está dentro de la universidad. Por fin... por fin te pagué la deuda que tenía con tu familia. Estamos a mano." No era indiferencia, era traición. Una jugada fríamente calculada que había usado la vida de mi hijo como peón. La ira me quemó el alma, pero me tragué mi dolor y mi furia. No le di el gusto de verme roto. Incluso en el funeral, Sofía abandonó a nuestro Miguel por consolar a Santiago, el mismo que, años después, la policía revelaría fue el atropellador de nuestro hijo. En ese momento, solo me quedó una verdad: estaba solo y con el tiempo contado. El cáncer me estaba devorando, pero una última chispa de fuerza me impulsó a cumplir el sueño de mi hijo. Dejaría este purgatorio que llamábamos hogar, no sin antes encender la mecha que haría explotar su infierno. Leí el diario de Miguel, sus sueños, sus sacrificios, y lo dejé para ella. Sabía que lo encontraría y que, a través de sus palabras, Miguel, mi pequeño, rompería por fin el corazón que yo ya no pude.”
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