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La Verdad Quebró un Hogar

Capítulo 4 

Palabras:646    |    Actualizado en: 08/07/2025

odo. El aire se cargó de una autoridad implacable. Don Ramiro, el Juez de Pa

uniforme estaba perfectamente planchado, sus botas brillaban, y l

ofía, su voz era grave y no admitía réplica. "H

o. La familia es lo primero. Resolveremos est

de nuevo. Sofía sintió un escalofrí

l drama y la llegada del militar, el General decidió que

ordenó. "Que todos sean

. Sofía fue obligada a pararse en el centro, sola, mientras que Marco, Doña Elena (llevada en

Fue una actuación magistral. Lloró, se desmayó a medias, y h

e dio su nombre, su protección, un hogar. Y ella le pagó acostándose con otro hombre. ¡El hijo qu

hacia Sofía. Eran gente sencilla, y la historia de un

ar. Se puso de pie, evit

es verdad. Yo... sospechaba algo. Ella se había vuelto fría, distante. D

ubo cartas. Pero en ese momento, s

omo si toda la evidencia que nec

n toda la plaza. "Y atentar contra la vida de una madre es un crimen imperdona

delante, su mirada

o. De lo contrario, me aseguraré de que seas transferida a una prisión

sada y sofocante. La multitud es

ese pueblo. El dolor la había forjado en acero. Levantó la

ar," dijo, su voz clara y fir

or hacia la mujer en la si

es. Ella es la adúltera

adie sabía cómo reaccionar. Doña Elena ahogó un grito de indignación, y Marco se puso de p

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La Verdad Quebró un Hogar
La Verdad Quebró un Hogar
“En el sofocante aire de la casa, preparaba mis humildes frijoles, ignorando a Doña Elena, mi suegra, quien me hostigaba desde su mecedora. "¿No piensas servirme, Sofía?" su voz era un lamento calculado que yo ya no soportaba. Mi respuesta, fría y cortante, la detuvo: "No soy tu sirvienta, Doña Elena." Ella y mi esposo, Marco, me acusaban de ingratitud, de ser una "conflictiva" , después de todo lo que "me habían dado" . Pero lo que me quitaron, jamás podrán pagarlo. Entre lágrimas teatrales y gritos de "¡Auxilio! ¡Esta mujer intenta matarme!" , Marco me confrontó. "¡Supera lo que pasó!" dijo él, sellando mi quiebre. Mi voz estalló en un susurro peligroso: "¿Que supere que tu madre me obligó a beber sus porquerías de hierbas, hasta que perdí a mi bebé?" La verdad los petrificó, pero mi dolor era desestimado. Esa noche, Marco lanzó billetes sobre mi cama, su voz vacía: "Es dinero. Suficiente para que te vayas lejos. Ya causaste suficiente dolor con... tu pérdida." Pisoteó los zapatitos de estambre que tejí para nuestro hijo, sentenciando: "Ya supéralo. Podemos tener otros hijos." En ese instante, algo dentro de mí se rompió y se endureció. La calma helada me invadió. "Lárgate," le ordené, señalando la puerta. "¡Y llévate a tu madre contigo! ¡No los quiero volver a ver en mi vida!" La guerra acababa de empezar, y esta vez, yo no sería la víctima. Lucharé por la justicia de mi hijo y por la verdad, cueste lo que cueste.”
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