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Hechizo de Celos: Obsesión Fatal

Capítulo 3 

Palabras:756    |    Actualizado en: 08/07/2025

pública fue r

e llamaron a la ofi

s de su imponente escritorio d

el plagio y por intentar incriminar a tus compañeros, tienes prohibido el a

abra era

do: mi futuro, mis her

o podía pagar

leres, no p

n borrand

tiendo las miradas de

guían por los pasi

la plag

o, casi le arr

ucho y mira

departamento que rentaba, encontré

a beca, me había r

mis bocetos, y por primera vez desde que todo

momento, sonó

Rica

eocupada, falsam

Sofía y yo estamos mu

cirle que era un c

me co

n no había

oy bien, me van a cor

de inmediato. "No te pr

te minutos, con

s de un rest

con una sonrisa que no le llegaba

ño sillón, mirando con

cómo debía "aprender de mis errores" y "

una luz tenue, casi imperceptible, mientras que el amul

io estaba ca

e, estaban regresand

dad, se estaba transfir

nto," continuó Ricardo, sacando su cartera. "Toma, pa

un fajo d

ofrecía migajas después de hab

nero, bajand

do, no sé qué ha

ces cuand

rió mi cuerpo, una claridad menta

s empezaron a bullir en mi c

ardo llevarse una mano a

" preguntó Sofía,

oco mareado, debe

sabía la

estaba pasan

l teléfono de

su m

se volv

ente? ¿Cómo está?

ro era una más

accidente en la moto, es

levantó d

ardo, tenemos

ró, dudando p

ena,

lo del brazo. "¡Tu hermana te nec

de mi departamento desordenado,

nto en que su mundo perfe

o de Ricardo había sido rea

no lo

és, recibí un mens

e se pasó el alto y la atropelló, dicen que el condu

arga se dibujó

tercambiaba talento,

ado persiguiendo a mí, ahora le

ana hacia la noc

tormenta apen

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Hechizo de Celos: Obsesión Fatal
Hechizo de Celos: Obsesión Fatal
“Don Ramón me miró fijamente, sus ojos pozos oscuros en un rostro de arrugas, cada una contando una historia. Su tiendita en el mercado de Sonora olía a hierbas, a cera, a algo antiguo que se pegaba en la ropa. "Ese amuleto que trae tu novio no es para la buena suerte, mija." Me reí nerviosa, apretando las correas de mi mochila, donde llevaba mis bocetos, mi vida. "Don Ramón, Ricardo no cree en esas cosas, es solo un regalo de su familia." Él negó con la cabeza lentamente. "Hay familias que regalan bendiciones y otras que regalan maldiciones, Ximena, el problema es que a veces se parecen mucho, ese amuleto no da suerte, la quita, la intercambia." Un escalofrío me recorrió a pesar del calor pegajoso de la Ciudad de México. Últimamente, mis lápices se rompían, mis telas se manchaban misteriosamente, y una fatiga inmensa me impedía sostener una aguja. Lo atribuí al estrés de la universidad, a la presión por mantener mi beca completa. Esa noche, Don Ramón volvió a mi mente, su voz urgente al teléfono. "Ya empezó, ¿verdad? Sientes cómo se te va el talento, cómo se te apagan las ideas." Le dije que estaba loco, que solo estaba cansada. "Para revertirlo, la persona que te lo está haciendo debe ponerse el amuleto, pero solo funcionará si esa persona te considera de su familia, si te quiere de verdad." Colgué, el corazón latiéndome. ¿Ricardo? ¿Mi Ricardo, el de toda la vida? ¿Y Sofía? ¿Mi mejor amiga, mi hermana del alma? Era imposible. Entonces, la presentación final del semestre. Abrí mi portafolio. Mis diseños no estaban. En su lugar, bocetos burdos, infantiles, y una copia exacta de diseños franceses. Era plagio descarado. La directora, la señora Elena, me miró con decepción que me partió el alma. "Ximena, no esperaba esto de ti." Mientras me acusaban, vi a Sofía presentar sus diseños, ¡mis ideas! Ricardo a su lado, sonriendo con orgullo. Salí corriendo, humillada, las lágrimas cegándome. Me escondí en un pasillo vacío y los escuché. La voz de Sofía, llena de una alegría maliciosa. "Funcionó, Ricardo, funcionó a la perfección, ¡nadie sospechó nada! El amuleto es increíble, siento todas sus ideas en mi cabeza, ¡soy un genio!" Luego, la voz de Ricardo, mi Ricardo. "Te lo dije, mi amor, con esto, tú tendrás la beca y yo te tendré a ti, sin que la sombra de la 'gran diseñadora' Ximena nos estorbe, ya era hora de que supiera cuál es su lugar." Me quedé helada. La traición, un sabor amargo en mi boca. No sentí tristeza, solo un frío glacial. No había ingenuidad, no había confianza. Solo una certeza: Don Ramón tenía razón.”
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