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Hechizo de Celos: Obsesión Fatal

Capítulo 2 

Palabras:742    |    Actualizado en: 08/07/2025

de siempre, el lugar donde habíamos teni

e sentía com

car de mi café con una cucharita, interpr

rdo, la escuela me suspendió

re la mía, su toque

emos cómo solucionarlo, S

había dado, colgaba junto al amuleto or

onscientemente, fruncien

pregunté, con

entí un poco de calor

zando, el amuleto falso estaba llamando a su ge

la mesa, un mensaje d

uela! ¡Hay un escándalo enor

a Ricardo, mis ojos a

está pa

os, pero vi un destell

la universidad,

ofesores rodeaba a Sofía, qu

ectora, sostenía una te

na copia exacta del portafolio de gradu

buscando a Ricar

no lo hice,

Ricardo, el supuesto robo de un

, estaba empezando a causar estragos, mezclando el talen

cardo de un pequeño robo para luego "per

era mucho

lo que mejor sabía ha

su rostro se transformó en

itó, señalándome.

iraron par

de sus mirad

forma extraña, ¡seguro que fue ella quien le dio el dis

na salida fácil,

"Ximena ha estado muy resentida, me pi

atética y cruel que

, su rostro era una mezcla

voz un susurro venenoso q

ahora mismo, yo soy la estrella, hazlo por Ricardo,

usando mi supuesto amor

Elena se d

la carrera de Ricardo, lo mejor es que asumas la responsabilidad, será

do para salvar a los

is subir por

que me dio una pequeñ

n falsa pena, su mano fue de

na mueca de dolor, casi im

pezando a drenarle la energía

staba fun

eza, fingie

," susurré

livio colectivo

una sonrisa tri

, y por un instante, dejé qu

risa v

ión, pero sabía qu

estrucción, y estaba dispuesta a espe

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Hechizo de Celos: Obsesión Fatal
Hechizo de Celos: Obsesión Fatal
“Don Ramón me miró fijamente, sus ojos pozos oscuros en un rostro de arrugas, cada una contando una historia. Su tiendita en el mercado de Sonora olía a hierbas, a cera, a algo antiguo que se pegaba en la ropa. "Ese amuleto que trae tu novio no es para la buena suerte, mija." Me reí nerviosa, apretando las correas de mi mochila, donde llevaba mis bocetos, mi vida. "Don Ramón, Ricardo no cree en esas cosas, es solo un regalo de su familia." Él negó con la cabeza lentamente. "Hay familias que regalan bendiciones y otras que regalan maldiciones, Ximena, el problema es que a veces se parecen mucho, ese amuleto no da suerte, la quita, la intercambia." Un escalofrío me recorrió a pesar del calor pegajoso de la Ciudad de México. Últimamente, mis lápices se rompían, mis telas se manchaban misteriosamente, y una fatiga inmensa me impedía sostener una aguja. Lo atribuí al estrés de la universidad, a la presión por mantener mi beca completa. Esa noche, Don Ramón volvió a mi mente, su voz urgente al teléfono. "Ya empezó, ¿verdad? Sientes cómo se te va el talento, cómo se te apagan las ideas." Le dije que estaba loco, que solo estaba cansada. "Para revertirlo, la persona que te lo está haciendo debe ponerse el amuleto, pero solo funcionará si esa persona te considera de su familia, si te quiere de verdad." Colgué, el corazón latiéndome. ¿Ricardo? ¿Mi Ricardo, el de toda la vida? ¿Y Sofía? ¿Mi mejor amiga, mi hermana del alma? Era imposible. Entonces, la presentación final del semestre. Abrí mi portafolio. Mis diseños no estaban. En su lugar, bocetos burdos, infantiles, y una copia exacta de diseños franceses. Era plagio descarado. La directora, la señora Elena, me miró con decepción que me partió el alma. "Ximena, no esperaba esto de ti." Mientras me acusaban, vi a Sofía presentar sus diseños, ¡mis ideas! Ricardo a su lado, sonriendo con orgullo. Salí corriendo, humillada, las lágrimas cegándome. Me escondí en un pasillo vacío y los escuché. La voz de Sofía, llena de una alegría maliciosa. "Funcionó, Ricardo, funcionó a la perfección, ¡nadie sospechó nada! El amuleto es increíble, siento todas sus ideas en mi cabeza, ¡soy un genio!" Luego, la voz de Ricardo, mi Ricardo. "Te lo dije, mi amor, con esto, tú tendrás la beca y yo te tendré a ti, sin que la sombra de la 'gran diseñadora' Ximena nos estorbe, ya era hora de que supiera cuál es su lugar." Me quedé helada. La traición, un sabor amargo en mi boca. No sentí tristeza, solo un frío glacial. No había ingenuidad, no había confianza. Solo una certeza: Don Ramón tenía razón.”
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