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Corazón Roto, Alma Marcada

Capítulo 2 

Palabras:734    |    Actualizado en: 07/07/2025

haba a lo lejos el estruendo y los gritos de pánico cuando la maldición se desató. Cada

lantas se marchitaron y el hambre empezó a apretar. Quetzal, ahora una figura temible con l

ja menor, la que no fue elegida,

, mi nahualli, siempre había sido lento. Me decían que no tenía el talento de mi hermano, que mi cor

el Tlamatini, que era como un abuelo para mí. Él me defen

oción a la familia, mi preocupación por la aprobación de Quetza

te te quita

s podía reunir ahora corría por mis venas. Cada movimiento, cada golpe, era más fuerte, más

en los rituales vacíos que Quetzal había profanado, sino en el espíritu inquebrantable de mi pueblo, en la sabiduría de la tierra misma. Am

lo vi entrar en el Templo del Sol, donde los Guerreros Águila y

ntarlo, sino para ll

lo, rodeado de códices antiguos, con

-dije, si

a. ¿Dónde has est

acer algo terrible. Va a at

jos viejos y sabios busca

o lo

Piedra de

ya lo he

a y muerte. El Anciano Sabio miró la obsidiana, su rostro pasando del asombro al horro

s contigo, niña... y con nosotros.

está corrompido. Ya no es mi her

sintió, su expresi

.. Sería un desastre. La gente todavía lo ve como el ele

s. Lo observamos. Dejam

, una chispa de so

tl. Hay una dureza e

e en mí. Detenga a cualquiera que intente intervenir. No podemos enfrentar

momento. Vio en mis ojos no solo el dol

ente,

erreros. Les diré que es una prueba de los dioses, que

incipio -dije, mi voz firme-. Proteger a mi

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Corazón Roto, Alma Marcada
Corazón Roto, Alma Marcada
“El dolor se fue de golpe, así, sin más. Un segundo antes, cada parte de mi cuerpo gritaba, sentía cómo me arrancaban la esencia, un tormento sin fin en la oscuridad helada del Mictlán. Al siguiente, todo era calma. Estaba en mi habitación, la casa de mi familia, los Flores. Miré mis manos, jóvenes, fuertes. Pero la calma era un engaño. El calendario de piedra marcó el día: el de la ceremonia, el día en que todo se fue al carajo. Había vuelto al día en que mi hermano, Quetzal, profanó el Corazón de Maíz. Lo vi de nuevo: Quetzal, el elegido, de pie frente al altar. A su lado, esa mujer, Itzpapalotl, disfrazada de dulzura. La llamaban La Llorona. Ella le susurraba, sus ojos llenos de una ambición oscura. No vi un monstruo, sino a mi estúpido hermano, el que rompió el sello ancestral bajo la mirada sonriente de esa mujer. En mi vida pasada, corrí. Grité. -¡Quetzal, no! Fue inútil. La Llorona se interpuso, riendo, sellando la maldición con su esencia oscura. Después, el infierno. Quetzal se transfiguró en un monstruo. Nos masacró. Su risa resonaba mientras el pueblo ardía. A mí, me guardó para el final. Me torturó, saboreando mi dolor, recordándome que todo era mi culpa por no ser la elegida. Su odio fue lo último que vi antes de que mi alma fuera condenada al Mictlán. Estaba viva. Entera. La Xochitl de antes habría corrido, habría gritado, habría intentado detenerlo. Pero el recuerdo del Mictlán me detuvo. El dolor, la desesperación, la soledad infinita. Eso me había cambiado. Me había hecho más sabia, más dura. Mi primer impulso fue salvar a mi hermano, pero el Quetzal que yo amaba murió en el momento en que escuchó a esa mujer. Ahora, mi gente era lo importante, mi pueblo. Me levanté en silencio. Ya no era una víctima. Era la guardiana. Y esta vez, no iba a fallar.”
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