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Corazón Roto, Alma Marcada

Capítulo 3 

Palabras:645    |    Actualizado en: 07/07/2025

ión de no intervenir directamente en la traición de Quetzal. Le entregué la Piedra de

si le quemara. Su rostro, normalmente

cultar su verdadera naturaleza... Itzpapalotl... una

lotó su orgullo, su necesidad de ser el mejor. El v

o caer tan bajo? -El Anciano Sabio estaba genuinamente desconcertado. No podía con

as que Itzpapalotl le decía a mi hermano-. Le prometió un poder que nuestro pue

cargado de pesar. Dejó la pi

, Xochitl? ¿C

lectado. En mi vida anterior, estas riquezas naturales habían sido destruidas o corrompid

a pasada, usted agotó su fuerza vital tratando de contener la maldición

sombro. Eran suficientes para ele

ú necesitas es

sted debe guiar a nuestra gente. Su sabiduría es

ejas manos temblando ligeramente. Una

unos pocos días que o

ento, el peso de nuestro conocimien

inalmente el Anciano-. No podemos deja

n traidor todavía. La gente no lo entendería.

to? ¿Dejamos que

a pasada, cuando Quetzal atacó a los otros pueblos, nadie entendió por

azón todavía aferrado a un hilo de esperanza por el

primera vez, dejé que viera e

l eligió su camino. Yo ya lloré por mi hermano.

años ante mis ojos, pero luego, una nu

debe cegar mi deber. Proteger

os -a

ito. Ya no estaba sola en esto. Tenía al

orque sabía que la confrontación final con Quetzal era inevitable.

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Corazón Roto, Alma Marcada
Corazón Roto, Alma Marcada
“El dolor se fue de golpe, así, sin más. Un segundo antes, cada parte de mi cuerpo gritaba, sentía cómo me arrancaban la esencia, un tormento sin fin en la oscuridad helada del Mictlán. Al siguiente, todo era calma. Estaba en mi habitación, la casa de mi familia, los Flores. Miré mis manos, jóvenes, fuertes. Pero la calma era un engaño. El calendario de piedra marcó el día: el de la ceremonia, el día en que todo se fue al carajo. Había vuelto al día en que mi hermano, Quetzal, profanó el Corazón de Maíz. Lo vi de nuevo: Quetzal, el elegido, de pie frente al altar. A su lado, esa mujer, Itzpapalotl, disfrazada de dulzura. La llamaban La Llorona. Ella le susurraba, sus ojos llenos de una ambición oscura. No vi un monstruo, sino a mi estúpido hermano, el que rompió el sello ancestral bajo la mirada sonriente de esa mujer. En mi vida pasada, corrí. Grité. -¡Quetzal, no! Fue inútil. La Llorona se interpuso, riendo, sellando la maldición con su esencia oscura. Después, el infierno. Quetzal se transfiguró en un monstruo. Nos masacró. Su risa resonaba mientras el pueblo ardía. A mí, me guardó para el final. Me torturó, saboreando mi dolor, recordándome que todo era mi culpa por no ser la elegida. Su odio fue lo último que vi antes de que mi alma fuera condenada al Mictlán. Estaba viva. Entera. La Xochitl de antes habría corrido, habría gritado, habría intentado detenerlo. Pero el recuerdo del Mictlán me detuvo. El dolor, la desesperación, la soledad infinita. Eso me había cambiado. Me había hecho más sabia, más dura. Mi primer impulso fue salvar a mi hermano, pero el Quetzal que yo amaba murió en el momento en que escuchó a esa mujer. Ahora, mi gente era lo importante, mi pueblo. Me levanté en silencio. Ya no era una víctima. Era la guardiana. Y esta vez, no iba a fallar.”
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