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El Banquete de Mi Despertar

Capítulo 3 

Palabras:917    |    Actualizado en: 07/07/2025

para los más ricos y poderosos. Vi a Ricardo correr hacia allí, sin mirar atrás, subiendo a la cabina con una desesperación que solo dedicaba a una per

que Don Armando estuviera bien. En la sala de espera, mientras los

lla del área de observación. Los doctores habían confirmado que fue un e

or. Sofí

actuó como el mejor de ell

í con sencillez. "Ella creía en el poder

ausa y luego me extendió una tarjeta de presentación desde el bolsillo de su saco. "Por favor, acéptela. No es suficiente para pagarle

mi mano, como el peso de una nueva oportunidad. "Graci

o era opresivo. Era el mismo lugar, pero todo se sentía diferente. Y

saje de Ricardo. No preguntaba por mí, ni

. Es muy caro. Vende tus joyas, las que te dio tu abuela,

yas. El mismo sacrificio que hice en mi vida pasada para q

gó. Era un archivo adj

l divorcio. Te dejo el departamento,

taurantes, sus ganancias futuras, sus propiedades. A cambio, me "perdonaba" las deudas que él mismo había gen

sin leer, cegada por el

Cada palabra diseñada para

undo, la Sofía del pasado luchó por salir, la que quería complacer, la que temí

otra vez. Y otra, hasta que solo quedaron pequeños pedazos de papel en mis m

la mañana. Ricardo entró como un huracán.

fono?", gritó. "¿Dó

dí con calma desde

no lo hay? ¡Te di una orden,

oblema, Ricar

i desafío. Se acercó y me agarró del brazo, el mis

volviste loca? ¡Har

lo empujé. Tropezó hacia atrás,

firmé tus papeles. Si quieres el divorcio, tendrás que pelear por él en la corte.

la ira. Me abofeteó. El golpe fue rápido y certero, me hi

ré. No

jilla y lo miré con una me

r muy caro, Ricardo. El banquete fue solo el comienzo.

iedo en mis ojos. Por primera vez, creo que se dio cuenta de que la mujer qu

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El Banquete de Mi Despertar
El Banquete de Mi Despertar
“El aire del salón de banquetes se sentía pesado, cargado de promesas y el perfume que usaba Ricardo, mi esposo, el chef estrella. Todo estaba a punto de desmoronarse, igual que en mi vida pasada. Él había desviado toda la comida, todo el personal, meses de esfuerzo, para un platillo especial para su "alma gemela", Valeria Ríos. "Está enferma, Sofía, no lo entiendes. Necesita esto", me había dicho antes de que todo explotara. En esa otra vida, corrí como una loca, humillándome, vendiendo mis joyas, sacrificando todo para salvar su reputación, solo para ser desechada como una cáscara vacía. Morí sola, miserable, mientras ellos celebraban sus triunfos. Pero esta vez, cuando Ricardo entró gritando: "¡Sofía! ¿Dónde diablos estabas? ¡Tienes que arreglarlo!", algo había cambiado en mí. Me agarró del brazo, como siempre, pero el miedo ya no me paralizaba. La mujer que murió en la miseria ya no existía. Lo miré y dije con una calma helada: "¿Arreglarlo yo?" "¡Claro que tú! ¡Siempre lo arreglas todo!", espetó, justificándose con la "emergencia" de Valeria. "Lo siento, Ricardo", mentí, adoptando mi vieja máscara de fragilidad. "Pero... no me siento bien. Estoy mareada". Me soltó, llamándome "¡Inútil!". Los murmullos de los invitados alrededor, que antes me mortificaban, ahora sonaban a música. En ese momento, Don Armando Vargas, el crítico gastronómico, se desplomó. Y supe exactamente lo que tenía que hacer. Mi abuela siempre dijo: "Cada planta tiene su propósito". Esta vez, no iba a mover un solo dedo por él. Iba a construir mi propio camino sobre sus ruinas.”
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