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El Precio del Perdón Negado

Capítulo 2 

Palabras:962    |    Actualizado en: 07/07/2025

la verdad que acababa de lanzar. Sofía seguía mirando a mi madre, buscando una negación que no llegaba.

. ¿es verdad?"

irada, incapaz de so

ilia," dijo finalmente, su voz sin una pizca de arrep

a diaria, a la humillación constante, al dolor q

ran una unidad, un frente cerrado de autoengaño. Diego, el niño herido; Sofía, la esposa traicionada; y mi madre, la matri

je de repente,

l centro y saqué un sobre doblado. Era mi informe médico, el resumen de cinco a

dije con voz monótona. "Quizás quiera

verse, arrebató el sobre de la mesa. Sus ojos recorrieron rápidam

arcasmo. "¿Un informe médico falso para dar lástima? ¿Diagnóstico de g

bola y me la arrojó a la cara. El impacto fue suave, ca

.. si no hubiera intervenido, la familia del magnate te habría metido en un agujero del que no habrías salido jamá

lla realmente creía que me había hecho un favor al quemarme la boca con ácido. Se había con

un susurro peligroso. "¿Tú cr

jos, empecé a desabotonar mi camisa. La t

en un silenc

incontables, marcaban los lugares donde las agujas habían entrado una y otra vez. Cicatrices de quemaduras de cigarrillos formaban

sta vez, no era fingido. Mi madre dio un paso atrás, su rostro perdiendo todo color. Incluso

lección severa' . Esto," señalé los puntos en mi pecho, "es su 'disciplina' . ¿

tratando de procesar la brutalidad que tenía ante ella. Por un instante, un brevísimo instante, pensé

solo un

como la había perdido. Sacudió la

no pedí eso. Hice lo que tenía que hacer por mi familia, por nuestro nombre. ¡Yo también me sacrifiqué! ¿Crees q

ificio. Ella, que dormía en una cama de lujo mientras a mí me despertaban con cubos de

o, cubriendo la evidencia de su crueldad familiar. "Tú no t

erta, esta vez de

ido manchado de sangre," dije sin volver la vista

pomo de la puerta, la v

parte, Armando. Todav

El de una mujer que no estaba

rdido. Y estaba a p

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El Precio del Perdón Negado
El Precio del Perdón Negado
“La cena de gala anual de los Robles, un escaparate de poder y opulencia, era el último lugar donde quería estar. Pero mi madre, Doña Elena, siempre maestra de las apariencias, había insistido para demostrar la "unidad" familiar. Apenas entré, los susurros me persiguieron como sombras: "Ahí está Armando Robles... dicen que estuvo preso... no, en una clínica por drogas... qué terrible, parece un monstruo". Ignoré las miradas de lástima y desprecio, y me acerqué a la barra. Allí, mi hermanastro Diego apareció, con su sonrisa de mártir. Me ofreció champaña, insistiendo en un brindis "por el pasado". "No bebo", respondí secamente. Él sabía por qué. "¿Todavía me culpas por ese pequeño... accidente?", preguntó con falsa inocencia, refiriéndose a la noche en que Sofía, mi exesposa, me había desfigurado con ácido. En ese instante, Sofía se acercó, y para mi sorpresa, le dijo a Diego que me dejara en paz. Pero Diego, el eterno manipulador, se deshizo en lágrimas, atrayendo la atención de todos. Sofía, cayendo en su trampa habitual, se volvió hacia mí, con el rostro endurecido. "Armando, ¡ya basta! ¡Discúlpate con él y tómate esta copa! ¡Ahora!". Me aferró la nuca y me obligó a abrir la boca. El champaña helado quemó mi garganta dañada. Me doblé, tosiendo, y un chorro de sangre salpicó el impecable mármol. Un silencio sepulcral llenó el salón, solo roto por un parpadeo en la pantalla gigante. La imagen cambió de un niño sonriente a un video granulado. Era una celda oscura, y yo, atado a una silla, siendo torturado. El sonido del látigo, mis gritos ahogados, las risas crueles de los guardias... todo llenó el salón. Caí de rodillas, suplicando entre sollozos, reviviendo mi infierno ante cientos de miradas. Cuando mis ojos encontraron los de Sofía, le dije: "Quiero el divorcio ahora. Y no quiero nada de ti. Quiero ser libre de todos ustedes. Me han quitado todo". Mi madre, en su pánico, intentó negar lo que se veía en pantalla. Diego, el vil, me acusó de haber filtrado el video para dar lástima. Y Sofía, tan predeciblemente, dudó de mí. "Armando... ¿tú... tú hiciste esto?". Esa pregunta. Fue el golpe final. Esa noche, encerrado en mi antigua habitación, supe que mi única salida, mi verdadera libertad, no era vivir. Era escapar.”
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