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El Precio del Perdón Negado

Capítulo 1 

Palabras:1225    |    Actualizado en: 07/07/2025

fotos íntimas de Diego Robles, mi hermanastro ilegítimo, con un poderoso magnate de la construcción, aparecieron en internet, puestas en

ica posible. Se encerró en su cuarto y, con un trozo de vidrio, se desfiguró el

ntre sollozos fue un

me ha odiado. Él filtró es

ra del hijo bastardo, siempre necesitado de p

r que conocía desde que éramos niños, la que juró amarme en la s

jos inyectados en furia. No me dejó

ando? ¡Es tu hermano

fui, tienes q

ue poseía, mientras me vaciaba una botella de algún tipo de ácido diluido en la boca. El dolor era insoportable, un fuego que quemaba mi lengua, mis encías, mi

solo el

ino para condenarme. Al ver a Diego con el rostro vendado y a

desprecio que m

hijo tan despi

ueron mi sente

ción. Necesitas disciplina, Armando. Alguien ti

ras de la ciudad, un lugar que era más un campo de tortura que de sanació

nfierno, de abusos que me r

nalment

a los ojos. Un coche negro y lujoso, el de mi madre, me esperaba

re me esperaba en la sala principal. Su rostro mostraba el paso de l

ños, me miró con algo que

o mucho. Quizás... quizás hubo un malentendido.

uerpo, un mapa de dolor. Mi voz, un susurro ronco y permanente

ueca torcida

ace fa

hueca en la

mo todos quieren. Ya no

asionada. No le di nada de eso. El Armando que quería explicarse murió ha

en seco al verme. Su mirada recorrió mi rostro demacra

yas eran un recordatorio de su "victoria" , un símbolo de la compasión que

preguntó Diego, su voz un lamento

on una mezcla d

haber vuelto. Después

rumpí, mi voz un graznido. "

volviéndose duro de nuevo,

olo está causando más dolor. D

seca, dolorosa, q

Más dolor

cenciado Mendoza, entró discret

Sofía los solicita. Y también... un acuerdo de cesión. Renuncias a todos t

, mi herencia, mi matrimonio... todo se había conver

firmo?"

go al oído a Sofía. Ella asintió y le apretó la mano con cariño

el papel era el único ruido en la habitación. C

. ¿Algo

sa maliciosa jugando en

ho, hermanito. Cas

na me envió hace maravillas," respon

paso adelante

Fuiste tú quien empezó todo! ¡Tú filtra

l dolor de su traición fue t

deberías haber sabido la verd

s capaz!" gritó. "¡Siempre

n la cabeza. El can

e centro, Sofía?" pregunté, mi voz baja y rasposa. "¿Sabes quién pagaba ex

. Dirigí mi mirada a mi madre

uegra. Mi madre. Ella se aseguró de que mi vida fu

ino. Miró a mi madre, luego a mí, la co

fortaleza de su convicción. Y en esa grie

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El Precio del Perdón Negado
El Precio del Perdón Negado
“La cena de gala anual de los Robles, un escaparate de poder y opulencia, era el último lugar donde quería estar. Pero mi madre, Doña Elena, siempre maestra de las apariencias, había insistido para demostrar la "unidad" familiar. Apenas entré, los susurros me persiguieron como sombras: "Ahí está Armando Robles... dicen que estuvo preso... no, en una clínica por drogas... qué terrible, parece un monstruo". Ignoré las miradas de lástima y desprecio, y me acerqué a la barra. Allí, mi hermanastro Diego apareció, con su sonrisa de mártir. Me ofreció champaña, insistiendo en un brindis "por el pasado". "No bebo", respondí secamente. Él sabía por qué. "¿Todavía me culpas por ese pequeño... accidente?", preguntó con falsa inocencia, refiriéndose a la noche en que Sofía, mi exesposa, me había desfigurado con ácido. En ese instante, Sofía se acercó, y para mi sorpresa, le dijo a Diego que me dejara en paz. Pero Diego, el eterno manipulador, se deshizo en lágrimas, atrayendo la atención de todos. Sofía, cayendo en su trampa habitual, se volvió hacia mí, con el rostro endurecido. "Armando, ¡ya basta! ¡Discúlpate con él y tómate esta copa! ¡Ahora!". Me aferró la nuca y me obligó a abrir la boca. El champaña helado quemó mi garganta dañada. Me doblé, tosiendo, y un chorro de sangre salpicó el impecable mármol. Un silencio sepulcral llenó el salón, solo roto por un parpadeo en la pantalla gigante. La imagen cambió de un niño sonriente a un video granulado. Era una celda oscura, y yo, atado a una silla, siendo torturado. El sonido del látigo, mis gritos ahogados, las risas crueles de los guardias... todo llenó el salón. Caí de rodillas, suplicando entre sollozos, reviviendo mi infierno ante cientos de miradas. Cuando mis ojos encontraron los de Sofía, le dije: "Quiero el divorcio ahora. Y no quiero nada de ti. Quiero ser libre de todos ustedes. Me han quitado todo". Mi madre, en su pánico, intentó negar lo que se veía en pantalla. Diego, el vil, me acusó de haber filtrado el video para dar lástima. Y Sofía, tan predeciblemente, dudó de mí. "Armando... ¿tú... tú hiciste esto?". Esa pregunta. Fue el golpe final. Esa noche, encerrado en mi antigua habitación, supe que mi única salida, mi verdadera libertad, no era vivir. Era escapar.”
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