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La Medalla Perdida

Capítulo 3 

Palabras:953    |    Actualizado en: 07/07/2025

on uniformes grises y expresiones aburridas, apa

a su casa a jugar," dijo uno de ellos con un tono c

to cuando estaba a punto de gritar, de negarse a moverse, decidió cambiar de táct

para sorpresa de todos. Agarró la mano de

o parque al otro lado de la calle, un pedazo de tierra polvoriento con un par de bancas de metal oxidadas. S

a en sus pensamientos

quién tenemos aquí. La

os matones que recordaba de su otra vida. Tres de ellos. El que habló, un hom

queando la luz del sol, sus sombr

Sofía, empujando a Mateo de

dijo El Chato, sonriendo con malicia. "El Licenciado no está conten

cado y una de las aliadas más vociferantes y antiguas de Vargas. Sofía la recordaba de los mítines, siempre en prim

endo la atención de los transeúntes. "¡El Licenciado Vargas, un hombre t

onfrontación con matones en un parque; era una humillaci

lo quiero lo que es mío," resp

que Sofía pudiera reaccionar, el hombre se abalanzó y agarró a Mateo.

ó Sofía, el pánico

que al niño le pase algo," si

! ¿Quién sabe de quién son estos niños en realidad? Su padre, el soldadito, pasaba meses fuera. ¡Es

zado a congregar a su alrededor la miraba ahora con sospecha y desprecio. Las palabras de una anc

" logró decir Sof

as en el suelo polvoriento. El golpe le sacó el aire y raspó la piel de s

"El Licenciado te ofrece una buena lana por ese jacal inmundo. Acéptala

e esparcían como un reguero

vieron con homb

ne razón, seguro

, tener que lidiar

ntra. Se sentía pequeña, impotente, aplastada por el peso de la corrupción y la malicia. Pe

osos. Levantó la cabeza, mirando directamente

ción inquebrantable. "Murió sirviendo a este país. Y esta casa, este terr

la levantó en el aire,

voz resonando en el parque. "¡Hay gente que todavía respeta el uniforme! ¡Hay gente que todavía cree

silencio tenso. El Chato la miró, su sonrisa burlona vaciló por una fracción de segundo,

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La Medalla Perdida
La Medalla Perdida
“Me desperté con el corazón desbocado, el sudor frío y el eco de los huesos de Mateo rompiéndose. Era tan real que extendí mi mano buscando su cuerpo frío, pero solo encontré una cobija gastada. ¡Había muerto! Recordaba la desesperación, a los matones de Vargas pisoteando la condecoración de mi padre, mi grito ahogado. Pero aquí estaba, viva, en mi cama. Todo igual... hasta que apareció Mateo, mi hermanito de diez años, sonriendo, sin una herida. Mi padre, un héroe de guerra, nos había dejado su casa y su Medalla al Valor, nuestra única esperanza, nuestro último recurso. Pero cuando corrí a buscarla en el viejo ropero, el lugar donde debería haber estado la brillante medalla de oro, estaba vacío. Había vuelto al día en que todo comenzó... ¡pero la maldita medalla no estaba! Alguien se la había llevado. Mi única esperanza se había hecho pedazos antes de empezar, pero la imagen de Mateo herido me puso de pie. Sabía quién era el culpable: el Licenciado Vargas. Lo encaré en su oficina, solo para enfrentar la burocracia, la indiferencia y el desprecio, y ser humillada públicamente por sus matones y su aliada Doña Elvira. Me dijeron que mi padre era un ingenuo, que la casa y la medalla eran suyas por un préstamo fraudulento. Me acusaron de ser una mentirosa y una ladrona, y cuando el padre de su prometida abofeteó a Mateo, vi la indiferencia total en los ojos de Vargas, un vacío gélido que me dijo que no importábamos. En ese instante de furia pura y desesperación, al ver a mi hermano llorar por una traición que ningún niño debería sufrir, comprendí que la justicia no vivía en ese edificio de mármol frío. Me derrumbé, sintiendo que no había forma de combatir una injusticia tan vasta. Justo cuando la oscuridad invadía mi visión, una voz con autoridad absoluta resonó. Una Humvee militar frenó bruscamente y de ella bajó el Comandante Rivera, un amigo de mi padre. Mateo, con su vocecita llena de dolor infantil, le gritó al Comandante: "¡Miente! ¡Él dejó que me pegaran! ¡Dijo que la medalla de mi papá era chatarra!" .”
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