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La Medalla Perdida

Capítulo 2 

Palabras:892    |    Actualizado en: 07/07/2025

acó de su parálisis. No podía permitirse el lujo de derrumbarse. No ahora. Si la medalla no estaba, algui

o sus ojos brillaban con una nueva determinación. El m

su voz más firme

todavía mojada y una expresión de alarm

onía unos jeans viejos y la primera camiseta que encontró.

a no era el niño despreocupado de hacía unos minutos. Podía sentir la tens

algo malo?" preguntó,

a, su tono suavizándose un poco al ver su cara asustada. Se arrodilló frente a él

a Mateo. Asintió, tragando saliv

de tela. Era una prueba, aunque fuera una prueba

astrándolo por las calles polvorientas de su colonia. No se atrevió a mirar hacia la

respondiendo a la pregunta no formulada de Mateo. "Necesito

sas?" preguntó Mateo. Para él, como para muchos en el barrio, Vargas

respondió Sof

un blanco brillante que contrastaba con la mugre y el abandono de los edificios circundantes. En la fachada, un eno

ulido y un aire acondicionado que les heló la piel. Se dirigieron a la oficina

hillón y unas uñas acrílicas larguísimas, los miró por encima de

preguntó, su voz tan a

rgas. Es urgente," dijo Sofía,

ne una agenda muy apretada. Si quieren una audiencia, tienen que llen

mi casa. Y sobre algo que sus hombres robaron

iera. "Mire, señorita, no sé de qué me está hablando. Aquí no trabaja ningún l

neadas contra la pared. Un par de ancianas, un hombre con sombrero de campesino. Todos los miraban. Sofía p

apenas audibles pero cort

iempre los mismos,

on en líos y ahora

¿no? Pobrecitos, pero q

argo en su boca. Mateo se apretó contra su pierna, escondiendo la

" dijo Sofía, plantándose frente al esc

guridad, tenemos a una persona alterada en la recepción de preside

ilidad más palpable. Estaban solos, rodeados por un muro de indiferencia y desprecio, en el mismo lugar que se suponía

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La Medalla Perdida
La Medalla Perdida
“Me desperté con el corazón desbocado, el sudor frío y el eco de los huesos de Mateo rompiéndose. Era tan real que extendí mi mano buscando su cuerpo frío, pero solo encontré una cobija gastada. ¡Había muerto! Recordaba la desesperación, a los matones de Vargas pisoteando la condecoración de mi padre, mi grito ahogado. Pero aquí estaba, viva, en mi cama. Todo igual... hasta que apareció Mateo, mi hermanito de diez años, sonriendo, sin una herida. Mi padre, un héroe de guerra, nos había dejado su casa y su Medalla al Valor, nuestra única esperanza, nuestro último recurso. Pero cuando corrí a buscarla en el viejo ropero, el lugar donde debería haber estado la brillante medalla de oro, estaba vacío. Había vuelto al día en que todo comenzó... ¡pero la maldita medalla no estaba! Alguien se la había llevado. Mi única esperanza se había hecho pedazos antes de empezar, pero la imagen de Mateo herido me puso de pie. Sabía quién era el culpable: el Licenciado Vargas. Lo encaré en su oficina, solo para enfrentar la burocracia, la indiferencia y el desprecio, y ser humillada públicamente por sus matones y su aliada Doña Elvira. Me dijeron que mi padre era un ingenuo, que la casa y la medalla eran suyas por un préstamo fraudulento. Me acusaron de ser una mentirosa y una ladrona, y cuando el padre de su prometida abofeteó a Mateo, vi la indiferencia total en los ojos de Vargas, un vacío gélido que me dijo que no importábamos. En ese instante de furia pura y desesperación, al ver a mi hermano llorar por una traición que ningún niño debería sufrir, comprendí que la justicia no vivía en ese edificio de mármol frío. Me derrumbé, sintiendo que no había forma de combatir una injusticia tan vasta. Justo cuando la oscuridad invadía mi visión, una voz con autoridad absoluta resonó. Una Humvee militar frenó bruscamente y de ella bajó el Comandante Rivera, un amigo de mi padre. Mateo, con su vocecita llena de dolor infantil, le gritó al Comandante: "¡Miente! ¡Él dejó que me pegaran! ¡Dijo que la medalla de mi papá era chatarra!" .”
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