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La Medalla Perdida

Capítulo 1 

Palabras:1113    |    Actualizado en: 07/07/2025

peó, un olor que conocía mejor que el suyo propio, pero por un segundo, se sintió completamente desubicada. La memoria de la sangre, el sonido de los huesos de Mateo rompié

a. Solo la delgad

a al ver a los hombres del Licenciado Vargas pisotear la condecoración de su padre, su último recurso, su única esperanza. Recordaba haberse lanzad

ba aquí. Viv

do las partículas de polvo que flotaban en el aire. Todo estaba exactamente como

itación se abrió co

e? Mamá Gallina me dijo que

n su cara. No había heridas. No había sangre. No había rastro del dolor que ella recordaba con una

aron de sus ojos sin que pudiera controlarlas, y se tapó la boca

neció y fue reemplazada por la preocupació

? ¿Tuviste un

por sus mejillas. Lo atrajo hacia ella en un abrazo desesperado, apretándolo tan f

citos delgados. "Soñé que papá nos llevaba a la playa. Y que me compraba un bal

la otra vida, en esa vida que acababa de dejar atrás, el último deseo de Mateo antes de que

recuerdo. Una advertencia. De alguna manera, por alguna razón que no

ión. No volvería a pasar. No dejaría que le arrebataran a su hermano. No dejaría q

tió, forzando una sonrisa que se sentía extraña en s

su tono, asintió y salió

edalla al Valor. La condecoración que le dieron por su último acto de servicio, el acto que le costó la vida. En su vida anterior, había esperado hasta que Mateo estuvo al borde de la muerte para usarla

ondo, debajo de una pila de sábanas viejas, su padre guardaba sus cosas más preciada

de miedo y esperanza. Apartó las sábanas con manos temblorosas. Ahí

metal. Esta era su arma. Su única o

dedores y los vecinos, estaba extrañamente silenciosa. Se asomó por la ventana y vio a dos hombres desconocidos parados en la esquina, observando su casa. No

su espalda. Algo estaba

darse prisa. Abrió el cerrojo oxidado

de su padre. Pero el hueco en el terciopelo rojo, el lugar dond

al Valor

negándose a procesar lo que veía. Vació la caja sobre la cama, sacudiéndola desesp

s piernas cedieron. Se derrumbó en el suelo, el aire escapando de sus pulmones, la oscuridad comenzando a invadir los bordes de su visión. El pánico, la des

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La Medalla Perdida
La Medalla Perdida
“Me desperté con el corazón desbocado, el sudor frío y el eco de los huesos de Mateo rompiéndose. Era tan real que extendí mi mano buscando su cuerpo frío, pero solo encontré una cobija gastada. ¡Había muerto! Recordaba la desesperación, a los matones de Vargas pisoteando la condecoración de mi padre, mi grito ahogado. Pero aquí estaba, viva, en mi cama. Todo igual... hasta que apareció Mateo, mi hermanito de diez años, sonriendo, sin una herida. Mi padre, un héroe de guerra, nos había dejado su casa y su Medalla al Valor, nuestra única esperanza, nuestro último recurso. Pero cuando corrí a buscarla en el viejo ropero, el lugar donde debería haber estado la brillante medalla de oro, estaba vacío. Había vuelto al día en que todo comenzó... ¡pero la maldita medalla no estaba! Alguien se la había llevado. Mi única esperanza se había hecho pedazos antes de empezar, pero la imagen de Mateo herido me puso de pie. Sabía quién era el culpable: el Licenciado Vargas. Lo encaré en su oficina, solo para enfrentar la burocracia, la indiferencia y el desprecio, y ser humillada públicamente por sus matones y su aliada Doña Elvira. Me dijeron que mi padre era un ingenuo, que la casa y la medalla eran suyas por un préstamo fraudulento. Me acusaron de ser una mentirosa y una ladrona, y cuando el padre de su prometida abofeteó a Mateo, vi la indiferencia total en los ojos de Vargas, un vacío gélido que me dijo que no importábamos. En ese instante de furia pura y desesperación, al ver a mi hermano llorar por una traición que ningún niño debería sufrir, comprendí que la justicia no vivía en ese edificio de mármol frío. Me derrumbé, sintiendo que no había forma de combatir una injusticia tan vasta. Justo cuando la oscuridad invadía mi visión, una voz con autoridad absoluta resonó. Una Humvee militar frenó bruscamente y de ella bajó el Comandante Rivera, un amigo de mi padre. Mateo, con su vocecita llena de dolor infantil, le gritó al Comandante: "¡Miente! ¡Él dejó que me pegaran! ¡Dijo que la medalla de mi papá era chatarra!" .”
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