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Renacida En Tu Amor Brillo

Capítulo 1 

Palabras:708    |    Actualizado en: 03/07/2025

rcha fúnebre, el candelabro de cristal sobre su cabeza no irradiaba luz, sino una frialdad que

agnate de los bienes raíces, su sonrisa perfecta no era par

, conocía la forma en que su pulgar rozaba el dorso de la mano de otra mujer cuando creía que nadie mirab

us ojos grandes y húmedos de admiración, una universitaria que parecía un cervatillo asustado en

ro confesó un "error", una noche en la que, según él, lo drogaron en un evento y tuvo un encue

s de un supuesto rescate "milagroso" duran

le dificultaba respirar, dejó la copa en la bandeja de un mesero qu

erida, te

nunca llegaba a sus ojos, le tomó el br

r favor, piensa en la re

s asintió, su

ón delicada, tienes que ser comprensi

e pedían que perdonara, le pedían que aceptara, que se hiciera a un lado silenc

más calmada de lo que se sent

do con una estudiada lentitud, una mano pr

", su voz era un susurro

do la mirada como si fuera una intrusa, la

señor Alejandro por su ama

os ojos, ignorando la adverten

ortante como el cristal. "Sé perfectame

e segundo, un destello de triunfo apareció en sus ojos antes

é se refier

ueño paso hacia atrás, tropezó con el borde de la alfombra y soltó un grito ahogado mie

orrió hacia Mariana, arrodillándose a

¿Estás bien

oche, la miró directamente, pero no había amor ni c

ué demonios

la en medio del mar de rostros, el sonido de la música clásica finalmente se desvaneció, reemplazado por el zumb

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Renacida En Tu Amor Brillo
Renacida En Tu Amor Brillo
“La música clásica llenaba el gran salón, pero para mí, Sofía Rivas, sonaba a marcha fúnebre mientras observaba a mi esposo, Alejandro Vargas, el flamante magnate inmobiliario. Su perfecta sonrisa no era para mí, sino para Mariana Soto, la joven a su lado, la misma que, meses atrás, había sido el "error" de una noche y que, ahora, reaparecía milagrosamente embarazada tras un desastre natural. Mis suegros me interceptaron, sus miradas frías como advertencia, exigiéndome "comprensión" para la "pobre chica sin nadie", antes de reprenderme por mi palidez. Mariana, con su estudiada inocencia y una mano protectora sobre su vientre, se acercó para agradecer la "amabilidad" de Alejandro, actuando la víctima perfecta. "No te preocupes", le dije, mi voz cortante como cristal. "Sé perfectamente quién eres y qué es lo que quieres". La confrontación culminó cuando, al acercarse Alejandro, Mariana dramatizó una caída, y él, sin dudarlo, me miró con una fría y dura acusación: "¡Sofía, ¿qué demonios hiciste?!". Mi mundo se desmoronó mientras él me exiliaba a un apartamento, supuestamente para darle "tranquilidad" a Mariana, pero en realidad, para echarme de mi propia casa. La traición se grabó aún más profundo cuando, tras mi decisión de divorciarme, él contestó una llamada de Mariana y se fue corriendo, dejándome sola, con sus palabras vacías de "no me dejes" resonando. El estrés y el vacío me consumían, los mareos se hicieron constantes, un susurro de algo mucho más oscuro anidando en mí. Las publicaciones de Mariana en redes, con fotos de su vientre y Alejandro, eran puñaladas diarias, diseñadas para humillarme. "¡Congelaste las cuentas! ¡Estás siendo increíblemente egoísta y cruel!", me gritó Alejandro, indignado al ver que protegía mis finanzas. "Todo lo que tengo lo he construido yo misma, y no voy a permitir que tú ni nadie me lo arrebate", respondí, mi voz ahora firme, mientras me preparaba para la fiesta de revelación del género del bebé, un último acto público. La revelación en la fiesta fue cruel, Mariana, fingiendo amenazas, insinuó que yo era la culpable, y mi suegra, sin mediar palabra, me abofeteó. El pánico estalló cuando Mariana simuló un problema con el bebé; en el caos, le entregué a Alejandro los papeles de divorcio que había preparado. "Firma ahora, Alejandro, o te juro que convertiré tu vida en un infierno del que ni tu madre podrá salvarte", exigí, y él firmó, sin saber que liberaba mi venganza. De nuevo en casa, encontré mi estudio invadido por las cosas del bebé de Mariana, y Alejandro me echó sin un ápice de arrepentimiento. Conduje bajo la lluvia, huyendo de una vida que ya no era mía, y un mareo se apoderó de mí, deteniendo el coche en una carretera desierta. Llamé a Alejandro, mi voz un hilo, pidiendo ayuda, pero él, sin dudarlo, me colgó, argumentando que Mariana lo "necesitaba", dejándome a mi suerte. La desesperación me invadió, pero unas luces se acercaban: Ricardo Morales, el rival de Alejandro, apareció de la nada. Ricardo me ayudó a salir del coche, y la oscuridad me venció, lo último que escuché fue: "No se preocupe, yo la cuidaré". Desperté en su casa, segura, y él, sorprendentemente amable, me reveló que me había estado observando, que siempre supo que yo no merecía lo que Alejandro me estaba haciendo. El médico llegó con un diagnóstico demoledor: cáncer de páncreas en etapa grave. Ricardo, sin dudarlo, prometió conseguir al mejor equipo médico, mientras mi corazón se hundía en el abismo.”
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