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Arena y Venganza

Capítulo 4 

Palabras:535    |    Actualizado en: 03/07/2025

nstante, con la guía y el capital de Don Alejandro,

y compraron nuevas cabezas de ganado, selec

no se detenía hasta que el sol se ocultaba en el horizonte, el esfuerzo físico era un bá

ciones en las peleas de gallos había desaparecido, en su lugar, había un hombre joven, serio

icio, a leer el comportamiento de los toros, a entender su li

mundo taurino, los criadores y empresarios que antes los ignoraban

de la capital, un hombre llamado F

ales refinados, pero sus ojos tenían un b

illo, un ejemplar magnífico, negro como la

da en la Monumental", dijo Márquez, sin rodeo

lo que Sofía había visto en toda su vida, significaría l

jandro negó

á en venta, Fernan

"¿Por qué no? Todo tien

lo es especial, es el futuro de esta ganadería,

ería una traición al legado de su padr

ón", dijo Sofía, su voz

desdén, no estaba acostumbrado a que una mu

o ahora era frío. "Una oportunid

í una atmósfera de tensión, Sofía sabía

verdad?", le preguntó a

, respondió él, con una sonrisa tranqui

nquietud, sentía que la tranquilidad que tanto les había costado conse

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Arena y Venganza
Arena y Venganza
“El aire en la habitación del hospital era denso, cargado de un dolor que Sofía Romero no podía respirar. Su hermano, Mateo, yacía brutalmente golpeado, víctima de la cobardía de un cacique que compraba el silencio y el miedo. Busco justicia en cada puerta, en cada mirada, pero solo encuentro indiferencia, puertas cerradas y la cruel risa de aquellos que me arrastraron a un callejón. Me golpearon, me humillaron, y con cada puñetazo, sentía que la esperanza se desvanecía. Incluso mi padre, ese torero legendario cuyo legado era mi último refugio, fue profanado cuando rasgaron su capa, su último trofeo de gloria. El sabor a sangre en mi boca no era solo mío, era el sabor de la humillación, de la injusticia que me ahogaba. ¿Cómo era posible que en esta tierra, el honor muriera y la maldad prevaleciera impune? Abandonada, despojada de todo, mis ojos cayeron en ese viejo baúl, el último rastro de dignidad que me quedaba. Con manos temblorosas, desenterré el alma de mi padre, su capa, sus trofeos, y me arrodillé ante la Plaza Monumental. No era una súplica, era un desafío, una promesa de que la justicia, aunque negada, encontraría su camino, aunque tuviera que ser yo quien la arrancara de las manos del destino.”
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