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Arena y Venganza

Capítulo 2 

Palabras:519    |    Actualizado en: 03/07/2025

po, a días más simples, a una época en la

a a cuidar de los toros en su pequeña ganadería, su voz era fuerte pero gentil, sus

n hombre de honor, hay que tratarlo con resp

los corrales, riendo, sus ojos llenos de la in

a, le contaba las historias de su padre, de sus triunfos en la

ría era agotador y el dinero escaseaba, p

fulminante se llevó a su padre, dejándolos solos

ndió parte de la ganadería para pagar las deudas más urgente

de la juventud que le correspondía vivir, su úni

sobre el pueblo, sus negocios ilegales, como las peleas de gallo

le rogó que se mantuviera a

le decía. "Nuestro legado es el de

nfluenciado por unos amigos, fue a una de esas peleas cland

eró el desafío de un muchacho, ordenó a

o, convencidos de que el miedo sería sufic

uivoc

ia que no sabía que poseía, el sacrificio de años, el amor in

a convertido en una justiciera, una mujer que no se de

pes y las humillaciones, en su lugar, había nacido una guerrera, armada con el legado

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Arena y Venganza
Arena y Venganza
“El aire en la habitación del hospital era denso, cargado de un dolor que Sofía Romero no podía respirar. Su hermano, Mateo, yacía brutalmente golpeado, víctima de la cobardía de un cacique que compraba el silencio y el miedo. Busco justicia en cada puerta, en cada mirada, pero solo encuentro indiferencia, puertas cerradas y la cruel risa de aquellos que me arrastraron a un callejón. Me golpearon, me humillaron, y con cada puñetazo, sentía que la esperanza se desvanecía. Incluso mi padre, ese torero legendario cuyo legado era mi último refugio, fue profanado cuando rasgaron su capa, su último trofeo de gloria. El sabor a sangre en mi boca no era solo mío, era el sabor de la humillación, de la injusticia que me ahogaba. ¿Cómo era posible que en esta tierra, el honor muriera y la maldad prevaleciera impune? Abandonada, despojada de todo, mis ojos cayeron en ese viejo baúl, el último rastro de dignidad que me quedaba. Con manos temblorosas, desenterré el alma de mi padre, su capa, sus trofeos, y me arrodillé ante la Plaza Monumental. No era una súplica, era un desafío, una promesa de que la justicia, aunque negada, encontraría su camino, aunque tuviera que ser yo quien la arrancara de las manos del destino.”
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