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Vino, Traición y un Segundo Destino

Capítulo 3 

Palabras:340    |    Actualizado en: 30/06/2025

ierno personal. La bodega estaba llena de gen

te, mirándolo con una adoración

Máximo, borracho de poder y de vino

on un brazo, su alient

oz cargada de veneno. "No estés t

sin en

continuó, con una sonrisa torcida. "Debes saber que le debo esta victo

gre se

nó su copa y derramó el vino

sorpresa, mientras la gente a nues

. En mi vida anterior, me habría quedado

no es

ré fijamente y la dejé caer al suelo. El cristal se hizo

uedaron en

rando la mirada furiosa de Lucian

rumores corrían por la

oírlos. La gente hablaba en susurr

de Lucian

ó con los veinte vo

Para asegurar la v

aría cualquie

an capaces de todo, pero escucharlo confirmad

onté en el apartame

?" pregunté

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Vino, Traición y un Segundo Destino
Vino, Traición y un Segundo Destino
“El aire de la residencia de ancianos se llevó mi último aliento, dejando solo el amargo sabor del desinfectante y la soledad. Yo, Roy Castillo, sentía la vida escurrirse, no por la vejez, sino por el veneno que mi esposa, Luciana, me confesó con una frialdad glacial en su lecho de muerte. «Roy, nuestros hijos, esos dos muchachos que criaste... no son tuyos. Siempre amé a Máximo. Entiérrame a su lado.» Máximo, mi primo, mi rival. El amor de su vida. Después, los hijos de ese traidor, a quienes llamé "mis hijos" durante décadas, tomaron la herencia de Luciana y me dejaron solo en este infierno, con el peso de una vida de engaños. Cerré los ojos, deseando con toda mi alma no haberla conocido jamás. Entonces, la oscuridad se rompió con un olor familiar a roble y uva fermentada. Abrí los ojos. No estaba moribundo en una residencia. Estaba en la sala de catas de Bodegas Castillo. El calendario marcaba 1992. Mi corazón latió con una fuerza que no sentía en cincuenta años. ¡Estaba vivo, joven y recordaba absolutamente todo! Mañana era la votación para el Enólogo Jefe, el día exacto en que mi vida se desvió. Y justo entonces, la puerta se abrió. Luciana, tan joven, tan hermosa, tan letal, entró. «Roy, cariño, tenemos que hablar.» La vi, no como la prometida que adoraba, sino como la mujer que me destrozó. «Máximo lo necesita más que tú. Deberías retirar tu candidatura por él.» Su voz, la misma manipulación que me condenó una vez. Pero esta vez, mi respuesta no fue de amor ciego. «No.»”
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