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El Último Pago: Mi Verdadera Liberación

Capítulo 2 

Palabras:647    |    Actualizado en: 25/06/2025

ó, su mejilla toda

Podemos llamar a tus pad

pasado que no recordaba, me decía que desafiar a Javier ahora solo traer

o más firme de lo que me s

jilla. «Lo siento, Val.

Es culpa suya

a de otra persona. Una película muy mala. Mientras Valentina buscaba hielo para su cara, yo empecé

Era elegante, caro y completamente impersonal. Lo saqué. Junto a él, una caja de ter

ción. Eran solo

fraz. El maquillaje, una máscara. Cuando terminé, la muj

a la gala fue silencioso. El salón de baile era un mar de luces de araña

mó del brazo, su agarre de nuevo posesivo.

mis ojos. Él me guio a través de la multitud, asintiendo a socios com

ndose el vientre. Javier me soltó sin una palabra y se dirigió directamente hacia ella. La b

Sofía, su

l la trata como

stá embarazada. Quizá

vaso de agua. Observé la escena desde la distancia. Javier y Isabella eran el sol, y todo

noche era un collar de diamantes y zafiros llamado "El Cor

», gritó un

!», respondió

voz de Javier

o mil

ncio. Nadie se atrevi

tero por cinco millones de eu

ectamente hacia Isabella. La multitud se apartó para dejarle paso. Se arrodilló, le puso e

la familia de Javier, sonrió. «¡Un hermo

lo sin dudarlo. Javier la miró con una ador

año de señoras. Necesitaba un re

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El Último Pago: Mi Verdadera Liberación
El Último Pago: Mi Verdadera Liberación
“Mientras empacaba mi maleta para regresar a Andalucía, aceptando el matrimonio arreglado que mis padres proponían para huir de Madrid, el teléfono sonó. Era Valentina, con una pregunta que me heló: "¿Estás segura de esto? ¿Qué hay de Javier?" Abrí un álbum de fotos y descubrí la imagen de un hombre arrogante, el mismo que irrumpió furiosamente en mi apartamento y me trató como un objeto mientras su amante, Isabella, fingía un embarazo. La humillación se volvió una pesadilla cuando, tras un incidente traumático que culminó en un aborto espontáneo, ese mismo hombre, Javier, con una crueldad inhumana, me pateó brutalmente en el estómago. En el hospital, con la sangre manchando las sábanas blancas, el dolor físico no se comparaba con su orden fría: "¡Vas a arrodillarte ante Isabella y pedirle perdón por nuestro hijo!" ¿Perdón? ¿Por la vida de un hijo inocente que él mismo me había arrebatado con sus patadas? En ese instante, la niebla de la amnesia se disipó brutalmente, no para devolverme el amor, sino para mostrarme la cruda y fea verdad de mis últimos cinco años de estupidez. Me arrodillé, no por sumisión, sino para un último y doloroso acto de liberación: "Considéralo el pago final por mi devoción", susurré, mientras me levantaba para marcharme, dejando atrás esa vida y a ese monstruo para siempre. Salir de Madrid, dejarlo todo, era el verdadero inicio de algo puro y completamente mío.”
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