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El Último Pago: Mi Verdadera Liberación

Capítulo 3 

Palabras:544    |    Actualizado en: 25/06/2025

en el espejo. La mujer que me devolvía la mirada seguía siendo

collar en el espejo. Me miró de reojo,

o. Lástima que

í. Solo qu

scapar, pero la curiosidad, o quizás un eco de mi antiguo yo, me hizo quedarm

pareció más suelto. Antes de que pudiera ajustárselo, vi lo que había hecho. S

espejo. El pánico cruzó su rostro

siseó, su voz perdi

rta tu falso embarazo. No me impo

ó enfurecerla más que

abeando por él durante años! ¡Inte

. «Mañana por la mañana, me ha

a centímetros del mío. O

a arri

dí el equilibrio. Detrás de mí no había suelo, solo el primer escal

ces borrosas. Mi cabeza golpeó un escalón, luego otro. Sentí un do

sciente fue el sonido del

mpujado! ¡Quiere

do se vol

us rostros una mezcla de horror y curiosidad. Vi a Javier corriendo hacia nosotros. Sus ojos pasaron

acó! ¡Nuestro

ocupación, ni duda. Solo un odio puro y helado.

a», e

un zapato de vestir italiano de suela du

a

intenso que me

ve

labios. Sentí algo caliente y h

tenerlo, pero él la apartó. Antes de que pudiera pate

rostro, contorsionado por una rabia ciega, mientras s

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El Último Pago: Mi Verdadera Liberación
El Último Pago: Mi Verdadera Liberación
“Mientras empacaba mi maleta para regresar a Andalucía, aceptando el matrimonio arreglado que mis padres proponían para huir de Madrid, el teléfono sonó. Era Valentina, con una pregunta que me heló: "¿Estás segura de esto? ¿Qué hay de Javier?" Abrí un álbum de fotos y descubrí la imagen de un hombre arrogante, el mismo que irrumpió furiosamente en mi apartamento y me trató como un objeto mientras su amante, Isabella, fingía un embarazo. La humillación se volvió una pesadilla cuando, tras un incidente traumático que culminó en un aborto espontáneo, ese mismo hombre, Javier, con una crueldad inhumana, me pateó brutalmente en el estómago. En el hospital, con la sangre manchando las sábanas blancas, el dolor físico no se comparaba con su orden fría: "¡Vas a arrodillarte ante Isabella y pedirle perdón por nuestro hijo!" ¿Perdón? ¿Por la vida de un hijo inocente que él mismo me había arrebatado con sus patadas? En ese instante, la niebla de la amnesia se disipó brutalmente, no para devolverme el amor, sino para mostrarme la cruda y fea verdad de mis últimos cinco años de estupidez. Me arrodillé, no por sumisión, sino para un último y doloroso acto de liberación: "Considéralo el pago final por mi devoción", susurré, mientras me levantaba para marcharme, dejando atrás esa vida y a ese monstruo para siempre. Salir de Madrid, dejarlo todo, era el verdadero inicio de algo puro y completamente mío.”
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