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A Bride as A Collateral for Debt

Flash Marriage To My Best Friend's Father

Flash Marriage To My Best Friend's Father

Madel Cerda
I was once the heiress to the Solomon empire, but after it crumbled, I became the "charity case" ward of the wealthy Hyde family. For years, I lived in their shadows, clinging to the promise that Anson Hyde would always be my protector. That promise shattered when Anson walked into the ballroom with Claudine Chapman on his arm. Claudine was the girl who had spent years making my life a living hell, and now Anson was announcing their engagement to the world. The humiliation was instant. Guests sneered at my cheap dress, and a waiter intentionally sloshed champagne over me, knowing I was a nobody. Anson didn't even look my way; he was too busy whispering possessively to his new fiancée. I was a ghost in my own home, watching my protector celebrate with my tormentor. The betrayal burned. I realized I wasn't a ward; I was a pawn Anson had kept on a shelf until he found a better trade. I had no money, no allies, and a legal trust fund that Anson controlled with a flick of his wrist. Fleeing to the library, I stumbled into Dallas Koch-a titan of industry and my best friend's father. He was a wall of cold, absolute power that even the Hydes feared. "Marry me," I blurted out, desperate to find a shield Anson couldn't climb. Dallas didn't laugh. He pulled out a marriage agreement and a heavy fountain pen. "Sign," he commanded, his voice a low rumble. "But if you walk out that door with me, you never go back." I signed my name, trading my life for the only man dangerous enough to keep me safe.
Romance CEOBillionairesAge GapOne-night Stand
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Nathan Karsson, antes de volver a su recinto, contempló con una expresión de burla su reflejo en la ventana de vidrio. Si su padre creía que eso sería todo, estaba muy equivocado; su venganza apenas daba inicio.

El joven Karsson sacó un teléfono de su portafolio y empezó a mandarle mensajes anónimos a su medio hermano, mediante esos textos, le contaba una elaborada historia de amor, traición e infidelidad protagonizada por Ariadna Acosta.

Sus carcajadas resonaron en la habitación. El reloj marcó la siguiente hora y, por placentera que pareciera ser la venganza; ese círculo te devuelve al inicio, a esa sensación de vacío y dolor. En ese tiempo el alcohol resultó su mejor aliado; al ingerirlo, sus absurdas emociones se entumecían. Tras su segunda copa de vino, logró relajarse y con su espalda reclinada en su silla de piel sintética de color negro, la imagen de Ariadna irrumpió en su cabeza. Sus labios carnosos le resultaron apetecibles. La duda de ver qué había debajo de aquel vestido blanco, sin mancha, impecable y perfecto, le resultó tentadora. Tras probar la tercera copa, sus mejillas adquirieron un leve sonrojo. Sus pensamientos lascivos podían volverse palpables; la mujer que los inspiraba estaba a unos cuantos metros.

...

En un intento fallido de ser sigiloso, Nathan tiró un jarrón que adornaba el pasillo. Sin darle mayor importancia, siguió su camino hasta irrumpir en la habitación de Ariadna.

Observó de pies a cabeza a su esposa recostada en la cama. Se acercó de a poco a ella, semejante a un cazador que tienta a su presa. Y al llegar a su lado, depositó con suavidad su mano en su cintura. Ariadna brincó ante el tacto.

-¿Qué haces? -le dijo aterrada.

-Nada. ¿Qué hay de malo en que te sujete la cintura? Eres mi mujer.

Ella agitó la cabeza.

-Yo no soy tu mujer. Deja de decir locuras.

-Eres mi esposa, no está mal llevarnos bien. -Recorrió con su mano la estrecha curva del torso femenino.

-Oye, ¿qué te pasa?, ¿estás borracho, verdad? -Ella saltó de su lugar y se alejó varios pasos de él.

-Estamos aburridos. Podemos distraernos un rato. -Acortó la distancia entre ellos, estiró su mano y agarró la mejilla de Ariadna con ímpetu y la besó con ferocidad.

Ariadna no tuvo una reacción inmediata, el pánico no la dejó actuar. Experimentó cientos de besos en el pasado, pero nadie le había devorado la boca así, con tanta hambre, sus lenguas obscenas danzaban. A través de sus fosas nasales percibió el aroma a sándalo; cálido, cremoso y amaderado que desprendía aquel hombre.

Se separaron un poco por la falta de aire, el tiempo suficiente para que los pensamientos coherentes volvieran a ella.

Nathan se volvió a acercar y Ariadna, con mano firme le dio una bofetada.

Él sujetó su mejilla enrojecida, y le dedicó una mirada que destilaba odio. El coraje hizo que el alcohol abandonara su cuerpo.

-Estúpida. Te iba a dar el honor de pasar la noche con un verdadero hombre. -Sonrió de lado sin dejar de masajear su cachete-. Por lo visto eres tan simple y corriente como él. No tienes ni un gramo de clase, mujer barata. -Se giró sobre sus talones y salió de esa habitación.

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