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-Señor, va a tener que pagar extra por correrse en mi boca. No es el precio normal. Yo no le pedí que se descargara ahí -dijo Bella con frialdad.
-Que tengas o no el dinero extra es tu problema, no el mío. O pagas... o te parto la cabeza en pedacitos.
Sabía lo patético que sonaba. Sabía lo bajo que había caído. Pero estaba desesperada, con las cuentas venciendo por la mañana y sin otra opción a la vista.
El hombre borracho se tambaleó mientras se subía la cremallera del pantalón, sus ojos recorriéndola con una lujuria perezosa. Extendió la mano y le dio una nalgada.
-¿Así que no me vas a dejar follarte ese culo gordo, eh? -balbuceó.
Bella lo abofeteó con fuerza, asqueada consigo misma por haber llegado tan bajo como para tener que lidiar con hombres como él.
-Deberías estar agradecido de que no te escupiera tu asqueroso semen en la cara o te mordiera esa verga inútil -le espetó-. Una herramienta que ni siquiera es capaz de satisfacerme el culo. No me cabrees, idiota. Dame cuarenta dólares.
El hombre se frotó la mejilla y sonrió con arrogancia.
-Puta barata.
Bella puso los ojos en blanco. Estaba inmunizada contra los insultos... los había escuchado todos. Extendió la mano mientras el hombre contaba unos cuantos billetes y los dejaba caer en su palma.
Lo miró con furia, se humedeció el dedo con la lengua y volvió a contar.
-¿Esto qué es? -preguntó bruscamente-. Aquí solo hay treinta dólares.
-Te daré los cuarenta -dijo él con una sonrisa burlona- si me dejas follarte.
Bella apretó el puño, furiosa. Dejó caer el dinero sobre la mesa y agarró al hombre por el cuello de la camisa, levantando la mano con la palma cerrada, lista para golpearlo con todas sus fuerzas.
En ese momento, la puerta se abrió de golpe.
-¡Puta! -gritó una mujer-. ¿Qué estás haciendo con mi marido?
La mujer se abalanzó hacia Bella, quien se agachó rápidamente, agarró el dinero y salió corriendo hacia la noche, mirando hacia atrás cada pocos pasos para asegurarse de que la mujer no la seguía.
Esta era su rutina diaria en aquel barrio de mierda.
Desde que cumplió dieciocho años, Bella había sobrevivido vendiendo su cuerpo. Ahora, con veintitrés, seguía en lo mismo... demonios, había perdido la cuenta de cuántas pollas había atendido: grandes, pequeñas, medianas, arrugadas, venosas, gordas, largas.
Dobló otra esquina, dirigiéndose hacia su destartalado apartamento, si es que se le podía llamar así y no un simple basurero.
Abrió el endeble candado con facilidad, entró y suspiró al ver el estado del lugar.
La pintura se desprendía de las paredes en grandes trozos. No había electricidad... solo una vela casi consumida que encendía cada vez que regresaba. Una vieja sábana extendida en el suelo hacía las veces de cama. Una estufa de un solo quemador se inclinaba torcida en una esquina y varias bolsas de comida barata abarrotaban lo que pasaba por encimera. El candado de la puerta era poco fiable, aunque apenas importaba; no había nada de valor que pudieran robarle.
Bella se dejó caer sobre la sábana remendada y contó las ganancias del día.
-¿Treinta y cinco dólares en total? -gruñó frustrada.
-Si lo sumo a lo que ya tengo, debería alcanzar al menos para el tren a Manhattan... el alquiler y una comida.
Sonrió ligeramente, anticipando su nuevo trabajo.
-Esto me ayudará a ganar más... y hasta podría reducir lo de vender mi cuerpo.
Se dio una palmada en el brazo para rascarse las picaduras de mosquito y se envolvió con la fina manta, cerrando los ojos.
De alguna forma, mañana tenía que ser mejor.
******
Esa misma noche, en un orfanato al otro lado de la ciudad, donde los ricos solían reunirse para actos de caridad pública.
Lucian se encontraba frente a la prensa, con los flashes de las cámaras disparando sin parar.
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