72 Horas Para Vivir

72 Horas Para Vivir

Gavin

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Capítulo

La voz de Ricardo me atravesó en nuestro estudio elegantemente decorado: "Ximena, necesitamos divorciarnos." Lo miré, searching for el hombre con el que me casé, pero solo vi a un extraño que quería divorciarse para calmar a Camila, la modelo 20 años más joven. Sentí un nudo de ira y tristeza, pero una voz fría y mecánica resonó en mi mente. [Advertencia: La conexión del anfitrión con el objetivo principal, Ricardo, es la base de su existencia en este mundo. El divorcio y una distancia física superior a diez kilómetros iniciarán el protocolo de disolución del alma.] Comprendí que era mi secreto, mi condena: si el lazo se rompía, yo dejaría de existir. Así que asentí, tragándome la humillación. "Está bien, Ricardo," dije con una calma que me sorprendió a mí misma, "Hagámoslo." Al día siguiente, en el Registro Civil, Ricardo interpretó su papel de esposo desconsolado, mientras yo, hueca por dentro, firmaba mi sentencia. Cuando salimos, Camila, en un vestido rojo triunfante, se interpuso, me llamó "ex-señora" y me humilló pidiendo mi anillo. Ricardo, cobarde, me lo pidió. Lentamente, me quité el anillo de bodas, y lo dejé caer en su palma. "Gracias," dijo Camila con una sonrisa burlona, "Ahora sí, podemos irnos, cariño. Tenemos mucho que celebrar." Mientras Ricardo se la llevaba, dejándome sola, el sistema sentenció: [Misión de compañerismo terminada. Fracaso. Iniciando cuenta regresiva para la disolución del alma: 72 horas.] Entendí que estaba atrapada: el reloj corría en mi contra. Los días siguientes fueron un infierno de humillación silenciosa, la prensa publicando sus fotos sonrientes, mientras mi existencia se desvanecía. Incluso un día, en la cafetería que solíamos ir, Ricardo me acusó de "seguirles" y "avergonzarles" . [Tiempo restante: 23 horas, 58 minutos.] Por primera vez, deseé el final con todas mis fuerzas. Con solo dos horas de vida, al salir en coche, el teléfono sonó. Era Ricardo, alegre, preguntando si estaba lista para "volver a empezar" . La ironía era cruel: él no sabía que hablaba con una mujer muerta. Mientras miraba el atardecer, un camión fuera de control apareció. No sentí miedo, solo alivio. El impacto fue brutal. El último sonido que escuché fue la voz de Ricardo por el teléfono del coche, molesto, diciéndole a un extraño "Mire, no sé qué juego se traen, pero dígale a Ximena que deje de molestar. Tenemos planes." Y colgó. La última conexión, el último hilo de esperanza, cortado por él mismo. "Hasta que la muerte nos separe," había dicho en nuestra boda. Qué ironía. Y luego, nada. Pero no fue el final definitivo. Desperté, flotando, viendo mi cuerpo ensangrentado en una camilla. Ricardo irrumpió, descubriendo la verdad. Su confusión se volvió pánico, luego un lamento desgarrador. [Error crítico... Iniciando protocolo de emergencia: Restauración del Alma. Objetivo: Acumular 100% de Arrepentimiento de Ricardo Valdés.] Mi única esperanza, mi única salida, dependía de su arrepentimiento. Él, el magnate poderoso, se derrumbó en la morgue, prometiéndome que arreglaría todo. ¿Podría su culpa liberarme? El teléfono de Ricardo sonó, era Camila. El dolor dio paso a una furia helada. "¡CÁLLATE! ¡NO VUELVAS A MENCIONAR SU NOMBRE, ZORRA!" Destrozó su teléfono, arrojó las pertenencias de Camila, y con una delicadeza espeluznante, me llevó a casa. Pero en la búsqueda desesperada de nuestros recuerdos, descubrió que él mismo había ordenado destruirlos. La culpa lo aplastó. En medio de su locura, su madre lo llamó, y Ricardo, roto, confesó: "Mamá... Ximena se ha ido. Está muerta. Y es mi culpa. Yo la maté." Cuando Camila apareció en la puerta, Ricardo la golpeó sin piedad, y la desterró. Entonces, el asistente de Ricardo llegó revelando las fotos que Camila me había enviado. La rabia de Ricardo se volvió insoportable. Ordenó una venganza brutal contra Camila, un castigo sangriento que retumbó en la casa. La venganza no le trajo paz, solo lo hundió más en el abismo de su culpa. Sus padres lo confrontaron al ver mi cuerpo. Su padre, un hombre de pocas palabras, lo lapidó con la verdad: "¡Tú la mataste, Ricardo! Tu crueldad, tu egoísmo... ¡eso fue lo que la mató!" En mi funeral, bajo una lluvia incesante, Ricardo se lanzó sobre mi tumba. "¡XIMENA! ¡NO ME DEJES! ¡PERDÓNAME! ¡LLÉVAME CONTIGO!" El arrepentimiento lo consumió por completo, y en mi vacío, la voz del sistema sonó: [Arrepentimiento de Ricardo Valdés: 100%. Misión de restauración completada. Iniciando transferencia del alma al mundo de origen.] Una luz cálida me envolvió, y la oscuridad se desvaneció para siempre. Diez años después, en mi vida plena y feliz, un hombre con ojos llenos de tristeza me detuvo en el parque. Él me conocía, un fantasma de un pasado que yo ya no recordaba. "Ximena..." susurró, desesperado. Pero mi hija me interrumpió y, sin mirar atrás, me alejé con mi familia perfecta. Para mí, él era solo un extraño, y mi vida, un lienzo nuevo.

Introducción

La voz de Ricardo me atravesó en nuestro estudio elegantemente decorado: "Ximena, necesitamos divorciarnos."

Lo miré, searching for el hombre con el que me casé, pero solo vi a un extraño que quería divorciarse para calmar a Camila, la modelo 20 años más joven.

Sentí un nudo de ira y tristeza, pero una voz fría y mecánica resonó en mi mente.

[Advertencia: La conexión del anfitrión con el objetivo principal, Ricardo, es la base de su existencia en este mundo. El divorcio y una distancia física superior a diez kilómetros iniciarán el protocolo de disolución del alma.]

Comprendí que era mi secreto, mi condena: si el lazo se rompía, yo dejaría de existir.

Así que asentí, tragándome la humillación.

"Está bien, Ricardo," dije con una calma que me sorprendió a mí misma, "Hagámoslo."

Al día siguiente, en el Registro Civil, Ricardo interpretó su papel de esposo desconsolado, mientras yo, hueca por dentro, firmaba mi sentencia.

Cuando salimos, Camila, en un vestido rojo triunfante, se interpuso, me llamó "ex-señora" y me humilló pidiendo mi anillo.

Ricardo, cobarde, me lo pidió.

Lentamente, me quité el anillo de bodas, y lo dejé caer en su palma.

"Gracias," dijo Camila con una sonrisa burlona, "Ahora sí, podemos irnos, cariño. Tenemos mucho que celebrar."

Mientras Ricardo se la llevaba, dejándome sola, el sistema sentenció: [Misión de compañerismo terminada. Fracaso. Iniciando cuenta regresiva para la disolución del alma: 72 horas.]

Entendí que estaba atrapada: el reloj corría en mi contra.

Los días siguientes fueron un infierno de humillación silenciosa, la prensa publicando sus fotos sonrientes, mientras mi existencia se desvanecía.

Incluso un día, en la cafetería que solíamos ir, Ricardo me acusó de "seguirles" y "avergonzarles" .

[Tiempo restante: 23 horas, 58 minutos.] Por primera vez, deseé el final con todas mis fuerzas.

Con solo dos horas de vida, al salir en coche, el teléfono sonó. Era Ricardo, alegre, preguntando si estaba lista para "volver a empezar" .

La ironía era cruel: él no sabía que hablaba con una mujer muerta.

Mientras miraba el atardecer, un camión fuera de control apareció. No sentí miedo, solo alivio.

El impacto fue brutal. El último sonido que escuché fue la voz de Ricardo por el teléfono del coche, molesto, diciéndole a un extraño "Mire, no sé qué juego se traen, pero dígale a Ximena que deje de molestar. Tenemos planes."

Y colgó. La última conexión, el último hilo de esperanza, cortado por él mismo.

"Hasta que la muerte nos separe," había dicho en nuestra boda. Qué ironía.

Y luego, nada.

Pero no fue el final definitivo. Desperté, flotando, viendo mi cuerpo ensangrentado en una camilla. Ricardo irrumpió, descubriendo la verdad. Su confusión se volvió pánico, luego un lamento desgarrador.

[Error crítico... Iniciando protocolo de emergencia: Restauración del Alma. Objetivo: Acumular 100% de Arrepentimiento de Ricardo Valdés.]

Mi única esperanza, mi única salida, dependía de su arrepentimiento.

Él, el magnate poderoso, se derrumbó en la morgue, prometiéndome que arreglaría todo. ¿Podría su culpa liberarme?

El teléfono de Ricardo sonó, era Camila. El dolor dio paso a una furia helada. "¡CÁLLATE! ¡NO VUELVAS A MENCIONAR SU NOMBRE, ZORRA!"

Destrozó su teléfono, arrojó las pertenencias de Camila, y con una delicadeza espeluznante, me llevó a casa.

Pero en la búsqueda desesperada de nuestros recuerdos, descubrió que él mismo había ordenado destruirlos. La culpa lo aplastó.

En medio de su locura, su madre lo llamó, y Ricardo, roto, confesó: "Mamá... Ximena se ha ido. Está muerta. Y es mi culpa. Yo la maté."

Cuando Camila apareció en la puerta, Ricardo la golpeó sin piedad, y la desterró.

Entonces, el asistente de Ricardo llegó revelando las fotos que Camila me había enviado. La rabia de Ricardo se volvió insoportable.

Ordenó una venganza brutal contra Camila, un castigo sangriento que retumbó en la casa.

La venganza no le trajo paz, solo lo hundió más en el abismo de su culpa.

Sus padres lo confrontaron al ver mi cuerpo. Su padre, un hombre de pocas palabras, lo lapidó con la verdad: "¡Tú la mataste, Ricardo! Tu crueldad, tu egoísmo... ¡eso fue lo que la mató!"

En mi funeral, bajo una lluvia incesante, Ricardo se lanzó sobre mi tumba. "¡XIMENA! ¡NO ME DEJES! ¡PERDÓNAME! ¡LLÉVAME CONTIGO!"

El arrepentimiento lo consumió por completo, y en mi vacío, la voz del sistema sonó: [Arrepentimiento de Ricardo Valdés: 100%. Misión de restauración completada. Iniciando transferencia del alma al mundo de origen.]

Una luz cálida me envolvió, y la oscuridad se desvaneció para siempre.

Diez años después, en mi vida plena y feliz, un hombre con ojos llenos de tristeza me detuvo en el parque. Él me conocía, un fantasma de un pasado que yo ya no recordaba.

"Ximena..." susurró, desesperado. Pero mi hija me interrumpió y, sin mirar atrás, me alejé con mi familia perfecta. Para mí, él era solo un extraño, y mi vida, un lienzo nuevo.

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