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El imperio Secreto de la Mafia

El imperio Secreto de la Mafia

Paula Tekila

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Capítulo

Paulah, una fotógrafa de talento, viaja a Italia para grabar la toma de posesión de un político de renombre. En el camino, un accidente la deja herida y perdida en un denso bosque. Cuando despierta, se encuentra en Culla del Crimine, un pueblo misterioso y aislado que no aparece en ningún mapa. Gobernado por el enigmático Benicio Mendelerr, un mafioso tan peligroso como fascinante, el pueblo alberga oscuros secretos. Ahora Paulah debe descubrir cómo escapar, mientras se ve arrastrada a un mundo de poder, intriga y seducción.

Capítulo 1 Llegada

Soy Paulah, fotógrafo, y siempre he querido conquistar el mundo a través de mi profesión. Tal vez eso habría ocurrido de no ser por la confusión que se produjo en la última boda en la que trabajé hace unos años. Una serie de malentendidos me arrebataron la oportunidad de organizar eventos aún mayores.

El padre de la novia decidió acercarse a mí de una forma poco invitadora y acabé abofeteándole, lo que provocó que me echaran del lugar de celebración y que al día siguiente saliera en las noticias, lo que puso fin a mi perfil profesional. Esto me llevó a pasar mucho tiempo trabajando en trabajos menores y sin atreverme a trabajar en eventos más grandes.

Lo importante es que ahora estoy aquí, en una hermosa carretera por Italia, es la gran oportunidad que estaba esperando para callar las bocas de todos los que dudaban de mi potencial.

Mi ex novio nunca me habría permitido dar un paso tan grande, siempre me prefirió a su lado y sin mayores ambiciones. Ahora que ya no tengo ningún tipo de relación, es hora de pensar en mi vida aquí, lejos de todo.

Miro por la ventanilla del coche y veo paisajes preciosos, pueblos tan elegantes como los cuadros y las películas.

- ¿Quiere que cierre las ventanillas? ¡Qué frío hace! - preguntó pensativo el conductor.

- No hace falta, ¡quiero contemplar todos los paisajes!

Más adelante había una curva sinuosa, un destello de luz blanca se apoderó de mi visión y luego todo se oscureció.

Cuando desperté, me palpitaba la cabeza y me dolía todo el cuerpo. Intenté moverme, pero todo parecía girar a mi alrededor. Y cuando miré hacia abajo, una gota de sangre de mi frente goteaba sobre el asiento del coche.

- ¿Te encuentras bien? - pregunté, mirando hacia el asiento delantero y sin ver ninguna señal del conductor.

Sólo me di cuenta de la magnitud de la tragedia cuando conseguí abrir la puerta arrugada y salir del coche, y entonces vi el cuerpo del taxista, que había sido arrojado muy lejos.

Me estremecí por todo el cuerpo, pero intenté mantener la calma y me acerqué a él, tocándole para tantear cualquier señal de vida.

- Maldita sea, ¡está muerto!

Volví al coche, intentando respirar hondo para mantener la calma. Rebusqué entre los restos hasta que encontré mi bolso entre ellos, entonces saqué mi teléfono móvil e intenté encontrar algún tipo de señal, pero no había forma de hacerlo en aquellos bosques.

Siempre he sabido que los taxis tienen canales de radio para hablar entre ellos, así que intenté toquetear el equipo y el fuerte olor a gasolina me asustó. La radio estaba estropeada, no conseguía señal.

Las piernas me flaqueaban y me sentía desorientado. Arrodillado en el suelo, seguía intentando hacer funcionar el m*ld*t* teléfono móvil y estoy a muchos kilómetros de la ciudad más cercana.

- ¡Funciona, por favor!

- ¿Quién es usted? - una voz femenina me hizo girarme.

- Necesito ayuda, hemos tenido un accidente.

La mujer permaneció seria mientras me miraba, hasta que me di cuenta de que iba armada y apuntó su revólver en mi dirección.

- No le dispares, ¡maldita sea! - dijo un hombre que venía por detrás.

- ¡Esa zorra sabe demasiado!

- Benicio te arrancará los ojos si tomas una decisión sin su aprobación...

Los dos se miraron, chocando y pensando en mi vida y para ella no valía absolutamente nada.

- ¡Que se joda! Ni siquiera sabrá que ella existe. - replicó ella, simplemente alisándose el pelo rojo y mirando en mi dirección.

Aquella mujer estaba decidida a dispararme, pero el hombre la desarmó con un rápido movimiento.

- ¡En absoluto, Elisa! ¡Te llevaremos hasta él!

Con la pistola apuntando en mi dirección, los dos me hicieron caminar por el bosque. Estaba muy cansada y todavía dolorida por el accidente. Me sorprendí a mí misma mirando hacia atrás y estaba segura de que no sabría volver al coche por mi cuenta en una posible huida.

*p*n*s me atrevía a mirarles a los ojos, parecían vampiros salidos de una película. Gente fría, sin emoción ni empatía.

- Lo juro por Dios, no me importa quiénes sean, ¡sólo necesito un teléfono!

- Si aún quieres disfrutar de los últimos minutos de tu vida, ¡mantén la boca cerrada! - replicó la mujer.

Llegamos a un lugar lejano, cada paso que daba parecía alejarme más y más de la realidad.

Por fin salimos del bosque y llegamos a algo construido por el hombre, había algunas casas antiguas y puertas de hierro forjado, lo que demostraba aún más que aquel lugar escondido en medio del bosque parecía existir desde hacía muchos años. Oscuro, lejos de todo lo que hubiera podido imaginar y, de hecho, extrañamente escondido.

- Elisa, llevaré a la mujer con Benicio.

- No, ¡la he encontrado yo! - replicó ella.

- Aún está enfadado por lo de la mercancía incautada. Apártate de su vista un rato y deja de insinuarte a él. ¿No se cansa del rechazo?

Ella pareció acceder a su petición... Quizá me avergüence de lo que he oído, no sé quién es ese Benicio... lo único que sé es que mucha gente parece temerle.

Entramos en una de las casas adosadas, con su decoración provinciana y su lujoso mobiliario. En la pared, la imponente figura de un Chacal y dos guardias de seguridad me miraban con curiosidad.

El hombre que me conducía hablaba en otro idioma con los demás, no parecía ser italiano. Cuando uno de ellos entró en la habitación, asintieron con la cabeza y me llevaron al interior, donde le vi sentado en una hermosa silla.

- Habla portugués, señor.

- ¿Quién es usted y qué hace aquí? - preguntó el apuesto, enigmático e imponente hombre vestido de negro.

- ¡Me llamo Paulah, soy fotógrafo y estaba en el país para cubrir la boda de un concejal! Gobernador, en realidad... ¡Algo así! - Las palabras no me ayudaban, nerviosismo, miedo y cansancio se mezclaban en mi interior.

- Pareces muy confundido para ser alguien que está aquí por negocios. - preguntó el jefe, entrelazando los dedos sobre la mesa.

- Acabo de tener un accidente de coche, ¿querías que estuviera sonriendo?

- ¡Eres muy petulante! ¿Sabes con quién estás hablando?

- No lo sé, me trajeron contra mi voluntad a punta de pistola. Dígame, señor, ¿quién es?

Mi respuesta hizo que el tal Benicio se levantara de la silla como un rayo, vino a mi lado y pude sentir el calor de sus palabras.

- No me creo ni un fragmento de tu historia, ¡nos hemos pasado toda una vida ocultando este lugar para que alguien lo encuentre y lo revele al mundo! - se volvió entonces hacia el otro hombre. - ¿Ha encontrado la cámara de ese fotógrafo?

- No, señor, pero no miente cuando dice que tuvo un accidente. ¡El coche estaba hecho pedazos y había el cadáver de un hombre fuera!

- Realmente eres inocente, querida, tenemos innumerables enemigos y todos son lo suficientemente astutos como para fingir una situación. ¡Matadla!

Mientras intentaba procesar todo lo que estaba ocurriendo, Benicio me observaba con una mirada curiosa, como si estuviera estudiando cada una de mis reacciones y considerando su decisión final.

- Sí, señor. - respondió el otro hombre.

Me quedé de piedra; mi palabra no valía absolutamente nada para aquella gente.

- ¡Un momento! - tartamudeó Benicio, arreglándose la corbata-. - Llévenla a la mansión, pero antes quiero interrogarla.

Se llevaron mi teléfono móvil, era inútil sin señal, pero al menos lo tenía.

No sé en qué lío me he metido esta vez, pero no ha hecho más que empeorar por momentos Caminamos de nuevo, esta vez hasta el centro de aquella ciudad... Definitivamente puedo llamarla ciudad porque era enorme, allí había al menos cincuenta casas y una de ellas destacaba por su belleza y grandeza. Sin duda pertenecía a Benicio...

- ¡Encárgate de ello, Medelerr necesita respuestas!

El hombre que me llevaba abrió paso, más esbirros y ahora me llevaron al interior de la casa a una de las habitaciones donde me encerraron.

Viejos muebles de madera, todos muy bien conservados, con un aspecto vintage que parecía haber sido elegido por una mujer clásica. No estaba allí para admirar la belleza, necesitaba encontrar una forma de escapar antes de que aquel hombre llevara a cabo su decisión de quitarme la vida.

Para mi sorpresa, había una gran ventana en la habitación. Fuera, pude ver cómo muchos hombres paseaban por la zona, todos ellos portando armas, niños jugando como si el lugar fuera un pueblo más detenido en el tiempo.

Así que no había miedo por su parte ante una posible huida, todos estaban allí con el mismo propósito... ¿Pero cuál era?

La gran cama a mi lado parecía pedir a gritos mi cuerpo, cansado y dolorido. Lo necesitaba más que nunca y ni siquiera pude lavarme antes.

- ¡No podía huir con tantos ahí fuera!

Tendría que estar recuperada para intentar cualquier cosa, así que acabé tumbada en aquella enorme cama blanca y manchándome de sangre.

No sé exactamente cuánto tiempo pasó, pero cuando abrí los ojos ya había llegado la oscuridad de la noche. Fui al baño e intenté lavarme las heridas lo mejor que pude...

Hasta que oí la llave que abría la puerta del dormitorio y era él, Benicio Mendelerr.

- ¡Se te ve bien instalado en tus aposentos!

- Gracias por darme un último descanso... - entró en la habitación y cerró la puerta.

- Si me dices la verdad sobre quién te envió a espiar a Culla del Crimine, ¡quizá te perdone la vida!

- ¿Quién lo sabe? - pregunté.

- No seas estúpido. Si realmente quisiera matarte, ya lo habría hecho. Sólo dime, ¿quién es tu líder?

- ¡No tengo líder! Lo he dicho todo, soy un pésimo fotógrafo brasileño... ¡He tenido un día infernal y sólo quiero irme!

- ¡Ese es el problema, no deberías haber visto nada de lo que viste!

- Tú me trajiste aquí, no me importa quién eres o lo que haces. ¡Déjame donde me encontraste y seguiré adelante como si este día nunca hubiera ocurrido!

- ¡Imposible!

- ¿Así que realmente vas a matarme? Dime algo definitivo. - pregunté, mirándole a los ojos castaños.

- Si intentas escapar o informar a alguien de tu paradero, ¡te juro que pedirás la muerte!

Volvió a encerrarme en la habitación y pensé en gritarle e insultarle con todos los nombres que se me ocurrían. Si está tan seguro de su poder, ¿por qué me tiene encerrada así?

Pasaron las horas, alguien volvió a abrir la puerta y esta vez era una mujer. Llevaba toallas y algo de ropa, *p*n*s me miró y las dejó sobre el mueble.

- ¡Señora! Espere...

Se fue sin mirar atrás, ya no siento nada y tengo miedo a cada segundo. Dijo que si quisiera matarme, ya lo habría hecho, pero no sé si debo creer en la piedad de un hombre al que todos temen.

Me duché, había toallas blancas y era una habitación doble. ¿Qué clase de cosas esconde esta gente? Crímenes, muertes...

- ¡Nunca saldré de aquí! Sólo muertos.

Las lágrimas se escaparon de mis ojos, ahora me daba cuenta de todo. Mientras lloro desesperada bajo la ducha, oigo caer algo fuera, salgo envuelta en la toalla que encontré y veo la puerta entreabierta y encuentro una bandeja llena de comida sobre la cama.

- La puerta...

Esa palabra resuena cinco veces en mi mente, salgo corriendo sin pensar en nada más. Siento unos brazos fuertes que me aprietan contra la pared y un aliento cálido cerca de mi boca... Me aprieta con fuerza.

- Sin trucos, lo dije antes y lo repito: ¡está en mis manos! Nada de intentar escapar.

- Suéltame. - Le empujo y enderezo la toalla que estaba a punto de caer.

Antes de irse, me da las llaves de la habitación... Entro y me encierro. Oigo parte de la conversación de abajo y me dan aún más ganas de comer.

- ¿Está ella aquí?

- Hice que la trajeran, ¿vas a cuestionar eso?

- Eres el capo Benicio, ¡pero aún tenemos un código que cumplir!

Conversaciones y más conversaciones, dejo de oír con claridad y hasta me acuesto y pongo la oreja en el suelo...

- ¡Yo tampoco tengo mujer! - Oigo a uno de ellos.

¡Y no oigo absolutamente nada más!

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