Qing Shui Lian Jian
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Libros y Cuentos de Qing Shui Lian Jian
No Soy La Pecada
Suspense Dejé a mi pequeña Valentina en la peluquería, y su "adiós, mami" fue la última melodía de mi vida normal. Menos de una hora después, mi mundo se desmoronó.
Una llamada me arrastró de vuelta a la escena: la peluquería acordonada, el olor metálico a sangre y un pequeño bulto cubierto por una sábana blanca, manchada de rojo. Grité su nombre, pero mis súplicas se ahogaron en el horror.
La policía me mostró un video. En él, era yo, con un rostro desfigurado por la furia, unas tijeras en mi mano, y el movimiento descendiendo hacia mi hija. "¡No, eso no es real!", clamé, pero nadie me creyó. Mi esposo, Ricardo, me miró con horror y acusación, la gente me señaló como la "madre monstruo".
En la fría sala de interrogatorios, las pruebas se amontonaban: el video "auténtico", la geolocalización, el testimonio de Irma, la dueña de la peluquería, que me presentó como una desequilibrada. Incluso mi historial de depresión postparto fue usado para pintar un retrato de una psicótica. La comandante Mendoza preguntó si había tenido un "episodio psicótico", si había perdido el control sin darme cuenta. ¿Y si era cierto? La duda me carcomía.
Me sometieron a hipnosis. En un trance horrible, vi a "mi yo" alternativo, con ojos de hielo y una violencia indescriptible, usando unas tijeras de jardín para dañar a mi propia hija. Me desperté gritando, convencida de mi culpa. Firmé la confesión.
Pero mi última chispa de cordura prendió mientras me llevaban: vi a Brenda Díaz, la amante secreta de Ricardo, con los mismos ojos gélidos que el monstruo de mi pesadilla hipnótica. Me liberé, grité su nombre, y de repente, todo encajó. No estaba loca. ¡Fui víctima de una trampa, una conspiración orquestada por ellos para destruirme y quedarse con todo! Sabía que tenía que luchar por la verdad, no solo por mi nombre, sino por Valentina. Vendida por Amor Roto
Urban romance La luz cegadora me despertó de golpe, sintiendo el frío mármol bajo mis pies descalzos y un aire pesado cargado de susurros masculinos.
Mi mente era una niebla hasta que lo vi: Alejandro, mi prometido, sentado en primera fila con una mirada fría, y a su lado, mi prima Isabella, sonriendo con dulzura venenosa.
De repente, un hombre frente a mí anunció una subasta, y el martillo golpeó la madera: yo era la mercancía, y Alejandro me vendía sin inmutarse.
Intenté gritar su nombre, pero mi voz se perdió mientras las ofertas volaban como buitres, sellando mi destino.
Luego, todo se volvió oscuridad, frío y hambre, encerrada en un sótano donde los hombres me trataban como un objeto, perdiendo allí lo más preciado de mi vida: a nuestro hijo.
La verdad me golpeó con la voz de un doctor: "Señor Alejandro, la pérdida fue completa. La chica sobrevivirá".
La cruel ironía me trajo de vuelta a la mansión de mis padres biológicos, quienes me entregaron a Alejandro y ahora me recibían como una mascota indeseada.
Pero la humillación no terminó ahí, Isabella, la traidora, apareció vestida como una novia, aferrada a su brazo, para destrozarme con una sonrisa: "Sofía, qué oportuna. Justo a tiempo para conocer a mi esposa".
Mi mundo se desmoronó al ver la barriga de Isabella, anunciando el hijo que gestaba con el hombre que me quitó todo, el que me arrebató la posibilidad de ser madre.
Reaccioné, y la respuesta fue brutal: Alejandro me empujó, me golpeó, me humilló, recordándome que yo era solo "su posesión".
Caí de rodillas, el alma rota, mi pequeña chispa de esperanza consumida en la oscuridad de ese sótano.
Pero las palabras de Isabella, el veneno puro que salió de su boca confesando que me había manipulado con mentiras y que ella había ordenado todo, incluyendo la paliza que me hizo perder a mi bebé, encendieron una furia volcánica dentro de mí.
Una furia que se transformaría en el motor de mi venganza, una fuerza implacable que me guiaría más allá del dolor y la desesperación. La Séptima Vez del Desamor
Urban romance Estamos frente al Registro Civil por séptima vez. Siete años de mi vida como bailarín de tango, siete años sacrificando giras europeas y sueños por ella, Luciana. Hoy, por fin, nos casaríamos.
Mi corazón latía con la esperanza de siempre, pero la ansiedad se arrastraba por mi nuca. Entonces, el teléfono de Luciana vibró. Era él. Siempre era Iván.
"¿Otra vez? ¿Tomaste tu inhalador? Voy para allá", dijo ella, con una máscara de disculpa ya familiar. Colgó y, sin mirarme a los ojos, anunció: "Iván tiene una crisis de asma. Tengo que irme".
La frialdad se extendió desde mi estómago. "No", susurré. Por séptima vez, me dejaba plantado por el mismo hombre, la misma excusa.
"¿Cómo que no? ¡Es una emergencia! ¿Un papel es más importante que mi amigo de la infancia?" me espetó, acusándome de egoísmo mientras huía. La dejó la fría palabra clavada en mí, a mí que lo había sacrificado todo por ella.
Caminé sin rumbo, el bandoneón melancólico burlándose de mí. Hasta que vi la foto. La foto de Iván Salazar, publicada hacía solo diez minutos: Luciana en su estudio, con la leyenda "Contigo, mi mundo tiene color". No era una emergencia. Era una burla.
¿Cómo pudo hacerme esto? ¿Engañarme así, una y otra vez, mientras yo entregaba cada pedazo de mi alma? ¿Qué clase de perversa lealtad era esa, que la ataba a él y la hacía pisar mis sueños?
Basta. La decisión me golpeó como un rayo. Me iré. Lejos de este tango tóxico, de esta ciudad que ya no me pertenece. Madrid me espera. Le puede gustar
Ximena: Libre Del Pasado Oscuro
Jia Zhong De Lao Shu Morí en el sótano oscuro y húmedo, asfixiándome lentamente.
Mi tío, el hombre que amé toda mi vida, me observaba con una sonrisa malévola.
«Debes morir…», susurró, mientras el dolor en mi vientre era insoportable y mi hijo nonato luchaba por nacer.
Le rogué, le supliqué que me llevara al hospital, pero él se quedó allí, viéndome morir.
Mi último aliento fue un susurro ahogado con su nombre.
Desperté con un sobresalto, el corazón latiéndome a mil por hora.
Estaba en una suite de hotel, y la fecha era la misma del día de mi muerte.
¡Había renacido!
El pánico inicial dio paso a una extraña calma.
Tenía una segunda oportunidad para no cometer los mismos errores.
La puerta del baño se abrió y de ella salió Ricardo, mi tío.
«Ximena…», su voz era un gruñido ronco. «Ayúdame… me siento muy mal».
En mi vida anterior, caí, creyendo estúpidamente que él vería mi amor.
Me entregué a él, solo para quedar embarazada y ser asesinada poco después.
Pero esta vez, no.
«¡Suéltame, tío!», mi voz sonó más fuerte y firme de lo que esperaba.
Lo empujé. Su mirada confundida se encontró con la mía, ahora llena de frialdad y determinación.
Ya no era la Ximena de antes.
No dudé y marqué el número de la prometida de Ricardo.
«Soy Ximena. Tu prometido no se siente bien. Alguien le puso algo en la bebida. Está en la suite 3205 del Hotel Grand. Será mejor que vengas rápido».
Colgué.
«Ella es tu prometida», respondí, mi voz sin emoción. «Ella es la que debería ayudarte».
Abrí la puerta sin mirar atrás.
«Ocúpate de tus propios asuntos, Ricardo».
Salí de la habitación, cerrando la puerta con firmeza. Era el sonido de mi libertad.
Mi nueva vida acababa de comenzar. El Regreso del Ingenuo Millonario
Jia Zhong De Lao Shu Sentí el frío metal en mi espalda, un dolor agudo que me robó el aliento.
Caí sobre el pavimento mojado de un callejón oscuro, la lluvia lavaba la sangre de mi abdomen.
Vi la silueta de Sebastián, el chico que consideré mi hermano, sosteniendo el cuchillo que goteaba con mi vida.
"¿Por qué?", susurré, la voz rota.
Sebastián se rio, una risa cruel: "Porque eres un millonario ingenuo, Joaquín. Me diste todo, pero quería ser tú, no tu sombra."
Se agachó, sus ojos brillaban con odio. "Ahora, todo lo tuyo será mío. Tus padres me verán como el hijo que perdieron. Nadie te recordará."
El veneno de sus palabras se filtró en mis últimos momentos, más doloroso que las puñaladas físicas.
El mundo se oscureció, y su risa victoriosa resonó mientras me hundía en la negrura infinita.
Creí que era el final, que mi alma flotaría en la nada, llevada por el eco de esa traición inolvidable.
De repente, una luz cegadora me golpeó.
Parpadeé. El dolor se había ido.
Estaba de pie, mi cuerpo intacto, en el auditorio de mi universidad, un lugar que sentía extrañamente familiar.
En el escenario, bajo un cartel de "Donación para el Futuro", vi a la directora sonriendo, y a su lado, con un traje impecable y una sonrisa de santo, estaba Sebastián.
El mismo Sebastián que me había asesinado.
"Damos la bienvenida al joven Sebastián Rodríguez", decía la directora, "nuestro más generoso benefactor."
Los aplausos resonaron. Lo miraban con admiración, como a un héroe.
Vi a Elena, la chica más popular, sus ojos brillaban de adoración por Sebastián, la misma Elena que me humilló llamándome ladrón.
Sebastián tomó el micrófono, su voz llena de falsa humildad. "Gracias, directora, solo quiero devolver un poco de lo mucho que la vida me ha dado."
Una oleada de ira fría y pura me dejó sin aliento. No era un sueño, no era el más allá. Había renacido.
Había vuelto al momento exacto en que la farsa de Sebastián alcanzaba su punto más alto, el momento antes de que firmara el acuerdo de donación. ¡Con mi dinero!
La ingenuidad había muerto en ese callejón oscuro. Lo que quedaba era un hombre con un propósito.
Mientras Sebastián disfrutaba los aplausos, saqué mi celular. Mis manos no temblaban.
Marqué el número del banco privado de mi familia.
"Buenos días, necesito un favor urgente," dije, mi voz con un filo de acero. "Quiero cancelar inmediatamente la tarjeta adicional con terminación 4822, a nombre de Sebastián Rodríguez."
"¿Puedo preguntar el motivo?"
"Actividad fraudulenta. Cancélala ahora."
"Entendido, señor. Bloqueada y cancelada permanentemente."
Colgué justo cuando Sebastián se sentaba en la mesa de firmas, pluma en mano.
Una sonrisa fría se dibujó en mis labios. El juego acababa de empezar, y esta vez, yo conocía todas las reglas. La Vida Mentirosa: No perdonaré Nunca
Gong Zi Qian Yan Introducción
Durante siete años, viví una farsa, creyendo ser la amada prometida de Máximo Castillo y la madre feliz de Leo.
Mi rostro no era mío, mis recuerdos eran falsos; era la copia de una mujer muerta.
Pero la mentira estalló en pedazos cuando la verdadera Sofía Salazar regresó en medio de una fiesta.
Mi hijo, Leo, con la inocencia de sus siete años, la señaló y dijo: "Mamá, esa mujer no eres tú".
El pánico se desató, Sofía cayó a la piscina, y Máximo, con una furia incomprensible, arrastró a nuestro hijo al borde.
Él, que tenía un miedo terrible al agua, fue arrojado sin piedad al fondo.
Lo saqué inerte, mientras Máximo consolaba a Sofía, y la televisión anunciaba que él celebraba su "séptimo aniversario" con ella.
En ese instante, algo se rompió en mi cabeza y la verdad me golpeó como un aluvión: mi nombre era Lina Garcia, y Leo era el hijo de una violación atroz, no de un amor idílico.
Máximo no solo me había engañado, sino que al enterarse de la muerte de Leo, se burló, arrojó sus cenizas al suelo y me mostró un informe falso de ADN, golpeándome brutalmente.
¿Cómo pude amar, o creer que amaba, a un monstruo capaz de tanto horror?
Pero el destino tenía otros planes; los secretos finalmente salieron a la luz.
Su tía Isabel reveló la verdad en su funeral: Leo era su hijo biológico, el ADN había sido falsificado por Sofía, y la misma Sofía había manipulado la medicación de su madre.
Además, la herencia de Máximo, su imperio vinícola, ahora me pertenecía a mí.
Con el dolor aún fresco, tomé mi lugar para desmantelar su imperio de mentiras y asegurar que cada uno pagara por sus crímenes.
La sumisa "Sofía" había muerto con su hijo, y Lina Garcia, la verdadera Lina Garcia, se levantaría de las cenizas para reclamar justicia y su propia vida. La Historia de los Asesinos
Chen ziluo Era viernes por la tarde, un día que prometía la alegría habitual con mi hija.
Mis suegros se llevaron a Luna, y una premonición me oprimió el pecho.
Ricardo, mi esposo, desestimaba mis temores con condescendencia.
«¡Estás exagerando!», me dijo.
Pero su paciencia se quebró cuando le pedí que la trajera antes.
Entonces, soltó esa frase mortal, casi como un pensamiento secundario.
«Además, Isabel también irá. Ayudará a cuidarla».
Isabel, esa mujer que mi esposo admiraba de forma inapropiada.
La traición me golpeó como un rayo, la cena se volvió cenizas en mi boca.
Las excusas de mis suegros al día siguiente, evitándome hablar con mi niña, solo alimentaron mi pánico.
«Está durmiendo», decían, y el clic del teléfono al colgar resonaba como un disparo.
La presa se rompió; grité a Ricardo: «¡Me están mintiendo!».
Pero él defendió a su familia, a Isabel.
«¡Cálmate de una vez! ¡Estás haciendo un escándalo por absolutamente nada!».
Me sentí sola, atrapada en una pesadilla.
Tomé el teléfono y, al llamar a Ricardo, escuché su risa cómplice con Isabel.
«Tu esposa es tan intensa», dijo ella.
Y él respondió: «Déjala. Ya se le pasará el berrinche. Está loca».
El mundo se detuvo, el dolor era insoportable, pero Luna era lo único que importaba.
«¿Dónde está mi hija?».
«Está… con mis padres. Ya te lo dije. Deja de molestar», me interrumpió y colgó.
Corrí a la policía, pero mis ruegos fueron en vano; dijeron que era una "disputa familiar" .
Luego, una llamada del hospital: «Accidente… Luna Patterson».
Corrí sin aliento, solo para encontrar un pequeño cuerpo bajo una sábana blanca, con su pulsera de listones.
Ricardo, pálido, me gritó: «¡Tú tienes la culpa!».
Ese fue el final.
Mi dolor se transformó en rabia; la bofetada resonó en la morgue.
La cámara de seguridad falló en el momento crucial, y mi suegra había autorizado la cremación.
«¿Cómo pueden cremar a un niño sin la firma de ambos padres?».
Entonces, recordé el bolso de Luna en el coche de Ricardo; Isabel tenía los documentos de mi hija.
Esto no fue un accidente.
Yo me encargaría de que él y los suyos pagaran. Venganza Perfecta: Amor Falso
Yi Xiaoxin Mi teléfono sonó con urgencia, la voz agitada de mi asistente confirmaba que algo terrible había pasado.
"Señor Alejandro, tiene que venir al club... Es... es Camila..."
Un grito desgarrador, seguido de golpes sordos, me heló la sangre.
Corrí al Club, las sirenas ya se escuchaban a lo lejos.
Adentro, el caos; mesas volcadas, botellas rotas. Y en la sala VIP, un hombre yacía golpeado y ensangrentado.
En el centro de todo, Camila, con su vestido empapado en sangre, una botella rota en la mano y una mirada salvaje.
Justo cuando entré, blandió la botella de nuevo, lista para un golpe más.
"¡Camila!" , le grité.
Ella se detuvo, como despertando de un trance.
"Alejandro…", susurró con una sonrisa extraña. "Quería tocarme… Dijo que tú ya no me querías".
De repente, se lanzó hacia el hombre, pateándolo brutalmente.
Todos contuvieron el aliento, mientras ella me miraba con una devoción enfermiza.
"Nadie puede hablar mal de ti, mi amor" .
Siempre había sido mi "Camila la Loca" , mi sombra, la que se arrastraba por mí.
Pero la verdad era más oscura. No era yo a quien ella amaba, sino a Eva, mi hermana desaparecida.
Camila se había convertido en mi perfecta obsesión, la imagen viva de Eva, y yo, ciego, la había usado.
Ella me había permitido creer que era mi juguete, mi perra faldera, la mujer que mataría por mí.
Incluso cuando Sofía llegó y la humillé públicamente, la vi arrodillarse, y fingir devastación.
Todo era una actuación.
Una trampa, una venganza fría y calculada.
Pero ¿por qué? ¿Qué había detrás de esa mirada, ese odio oculto?
Ahora lo sé. Y mi imperio de mentiras ha caído.
Ella lo planeó todo, cada paso, cada lágrima.
Y yo, el depredador, fui su presa.
Porque la "loca" de Camila nunca me amó.
Y yo nunca supe con quién estaba tratando realmente. El Beso de la Víbora: La Venganza de una Esposa
Liu Jia Bao Er La llamada entró en el día más caluroso del año. Mi hijo, Leo, estaba encerrado en un coche hirviendo por culpa de la hermanastra de mi esposo, Sofía, mientras mi marido, Mateo, se quedaba de brazos cruzados, más preocupado por su Mustang clásico que por nuestro hijo, que apenas estaba consciente.
Cuando rompí la ventanilla para salvar a Leo, Mateo me obligó a disculparme con Sofía, grabando mi humillación para exhibirla públicamente. Pronto descubrí su escalofriante secreto: se casó conmigo solo para poner celosa a Sofía, viéndome como nada más que una herramienta en su juego retorcido.
Con el corazón destrozado, solicité el divorcio, pero su tormento se intensificó. Me robaron mi empresa, secuestraron a Leo e incluso orquestaron una mordedura de serpiente venenosa, dándome por muerta.
¿Por qué me odiaban tanto? ¿Qué clase de hombre usaría a su propio hijo como un peón, y a su esposa como un arma, en una farsa tan cruel?
Pero su crueldad encendió una furia helada dentro de mí. No me romperían. Iba a contraatacar, y les haría pagar. Ceguera Parental: Mi Último Aliento
Bao Fu Ya Ya Soy un fantasma, suspendido sobre mi propio cadáver.
Mi padre, el mejor detective de la ciudad, y mi madre, la forense más respetada, no saben que este cuerpo desfigurado tendido en un callejón es Ricardo, su único hijo.
El hombre que me asesinó se reía, su aliento apestaba a alcohol y a una venganza añeja, exigiendo un dolor inolvidable a mi padre.
En ese instante de terror, cuando la sangre me ahogaba y mis ojos y lengua habían sido arrancados, mi celular sonó.
Era mi padre, impaciente y molesto, "Ricardo, ¿dónde demonios estás? El partido de tenis de Miguel está por empezar."
Solo pude emitir un gorgoteo ahogado, "¡Papá, ayú…!" , antes de que colgara, regañándome por ser egoísta y no pensar en Miguel, su hijo adoptivo perfecto.
Mi asesino se rio con una carcajada infernal mientras la última gota de esperanza se me escapaba.
Ahora, mis padres examinan mi cuerpo en la escena, dictando órdenes con distancia clínica, mi madre incluso toca el anillo que les di de aniversario, pero no me reconoce.
Para ellos, soy un "John Doe" , un caso más, un "lío" , mientras colman de orgullo y amor a Miguel, felicitándolo por su campeonato.
Escucho su hartazgo por mi "irresponsabilidad" y me pregunto si existí en sus corazones, o solo fui un recordatorio de un trauma que preferían olvidar.
Mi propio padre maldijo mi existencia, deseando que me pasara algo, justo cuando yo moría.
En la morgue, mi madre pasa junto a mi cuerpo casi con ternura, tocando mi cicatriz de la infancia, pero solo dictando: "Cicatriz antigua, probablemente de la infancia" .
La esperanza se desvanece; soy una pista anónima.
El papel que se encuentra en mi estómago, una lista de compras que hice para ellos, y el farmacéutico que me reconoció, revelan la verdad.
Mis padres se paralizan; las palabras del forense resuenan: "La víctima es Ricardo."
Mi padre suelta el auricular, su negación se desmorona; mi madre se aferra al anillo, el grabado de "Mamá y Papá" revela la devastadora verdad.
En la morgue, sus lágrimas caen sobre mi cuerpo, sus súplicas de perdón llenan el vacío.
Observo a Miguel, mi hermano adoptivo, actuando su dolor, mientras mis padres defienden su "perfección".
Pero mi tía Elena ve la verdad, y mi padre descubre mi diario, las pistas de Miguel.
Finalmente, en la premiación de Miguel, la verdad explota.
Mi padre lo detiene, el criminal confiesa la traición de Miguel, revelando su odio y celos.
Miguel, con su máscara caída, grita su confesión, destruyendo a mis padres.
Mi padre renuncia, mi madre se quiebra, susurrando mi nombre en el hospital.
Mi rabia se disipa; solo queda tristeza.
El eco de mis palabras vacías resuena: "Si tan solo me hubieran visto antes." La Venganza de la Heredera Renacida
Yu Xin El sabor amargo de la sidra barata se mezclaba con el veneno en mi garganta.
Caí al suelo de la sidrería, mis pulmones luchaban por aire. Lo último que vi fue el rostro de Valentina, mi compañera de piso, mi amiga.
En sus ojos no había pánico, solo una fría satisfacción. Me había asesinado.
Todo por envidia. Por mi apellido, por mi vida, por todo lo que yo, Sofía Soler, inconscientemente le había arrebatado. Y antes de que mi mundo se oscureciera, vi a Javier, el chico que me gustaba, de la mano de ella.
¿Cómo pudo hacerme esto? ¡Yo solo quería vivir mi vida! ¿Por qué fui tan ciega?
Pero entonces, abrí los ojos. Estaba en mi cama. El calendario marcaba el día de mi muerte. Y allí estaba ella, ¡Valentina, como si nada! Esta vez, el veneno no sería para mí.