vacilante de las primeras horas de la madrugada. Dentro del compartimento privado de p
rdaba en su maletín de cuero. A su lado, recostada contra el tapizado de terciopelo azul, Valeria mantenía los brazos cruzados a la altura del pecho. Su respir
ó Valeria, con la voz ahogada por una rabia contenida
entos con una calma exasperante y cerró el br
da en el norte, Valeria. Modera tu vo
ón-. ¡Tú ganaste! Tú te llevas el efectivo, los títulos de propiedad y el orgullo intacto. Mientras tanto, ¿qué
chocado contra la pequeña mesa del compartimento. Tenía los ojos inyect
ra fila, para ver cómo se le deshacía la sonrisa de niña buena cuando el cura anunciara que no ibas a llegar. Quería verla arrastrarse por el pasillo cent
no con desprecio-. Quedarnos un segundo más en la ciudad era un riesgo innecesario. El aboga
en que mi tío me trajo a esa maldita casa, he tenido que tragarme el odio de ver cómo a ella le daban todo sin mover un solo dedo. Los vestidos importados, las joyas, la devoción de los s
mbros se sacudían violentamente por el llanto. No era un llanto de arrepentimiento; era la
millaste hoy, sí. Pero Alessandra es como su padre. Esa mujer no se va a morir de amor. No va a llorar en un rincón. Se va a ir a La Herradur
mo denso hacia el techo del vagón mientras el tren dejaba esc
radura la espera la tierra seca, un capataz que no recibe ó
fuerza que sentía el sabor metálico de la sangre en su boca. Por dentro, el veneno de la envidia la consumía entera: sabía qu
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