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guna manera tocaban el suelo. Tenía um cubo de Rubik que insistía en intentar
citaba el razonamiento lógico y la creatividad estratégica de reuni
staba cansada y yo insistí en queda
mi cuarto, sabía que lloraría y haría u
nal, decidió permitirlo siempre y cuando me bañara y me pusiera el pijama. Obedecí y en pocos minutos estaba de vuelta en
ecuerdo que cuando Enrico Provenzano cruzó la puerta de la sala, mis piernas
pie y cerraba la puerta. Recuerdo que cojeaba y cuando se giró y me vio allí, de pie y co
ir en aquel momento, pero que aun así me dejó incómoda y cautelosa. Mi padre miró el juguete y sonrió-. ¿Todavía estás intentando resolver eso? -extendió la mano y, vacilante, coloqué el objeto en su palma, que era enorme comparada con las mías. Examinando el juguete, lo manejó rápidamente y con pocos movimientos hizo
que daba al baño de la planta baja. Cuando volvió,
me dejó sobre la cama. Me ayudó a quitarme los zapatos y me cubrió con la manta. Sonrió, pero esta
curiosidad y tenía la pregunta en la punta de la lengua, no pregunté.
uete estaba sobre la mesita de noche a m
momento, pero era un
despu
stida con unos pantalones cortos de mezclilla, una camiseta de tirantes blanca y sandalias, me abanicaba con mi propio sombrero de color beige; su tejido ten
todos los colores completos en el cubo, fui traída a esta hacienda en la ciudad de Perugia, que
ona. Apareció en la puerta, vestida con uno de sus habitua
eí y acepté su abrazo lateral, apoyé mi rostro en el suyo; incluso con el calor, su cariño siempre era bienvenido. Sus largos d
miedo de intentar estar
la mano, pantalones de mezclilla y una camisa de cuadros abierta con una camiseta de tirantes blanca debajo. Aún mantenía la buena forma, la
ue siempre vi entre mis abuelos; aun sabiendo quién había sido mi abuelo en su pasado y lo que le exigió a mi padre para que hoy pudiera ocupar su lugar, no lo
ese! -sonrió y me guiñó un ojo-. Tenemos bastantes cosas que hacer hoy
uda frecuente que me había contenido de hacer,
i lado, mi abuelo respiró
claro que ya sabía a dónde
de las yeguas, deteniéndose a mi lado, me miró-. Esta vez llegaste tarde, t
illar el pelo del animal de tono caramelo frente
veces sobre esto, Pôla. Sa
Mafia. Rodé los ojos, sin detener los movimientos, pero me vi o
donde podía ver un poco de él considerando mi altura y la del animal frente a mí-. Solo están esperando una visita, un solo de
rantizar mi seguridad, pues no había nadie en quien mi padre confiara más que en su propia sangre
ntos y, pasados unos minutos, tras terminar nuestro trabajo, se acercó a mí y puso una de sus manos en mi hombro;
drás vivir una vida con un poco más de libertad -ya que no había liber
ente me sentí más identificada con ella, pues ambas vivíamos presas de las
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