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Mila Vane le gustaba pensar que la lluvia era
ntra el rostro de la modelo de alta costura que posaba frente a ella. Mila bajó la cámara, re
a para liberar la tensión acumulada tras cuatro horas de sesi
tana de cristal que daba a la calle empapada. Observó las luces de neón reflejándose en los charcos, un recordatorio constante de lo lejos que había llegado. Tres años atrás, había aterrizado en est
bía reconstruido a sí mi
la de sus pensamientos-. Yo también me marcho. ¿Necesitas qu
e encargo de cerrar hoy -respondió, girá
roto únicamente por el repiqueteo incesante de la lluvia contra los vent
jando que el aroma a roble y frutos oscuros la relajara. Estaba a punto de dar el primer s
e. Las entregas habían terminado y no esperaba a ningún cliente. Apretó los labios, dejó la copa sobre
olvidó sus llaves otra v
seguridad y tiró de la
pulmones de M
absoluto, denso y sofocante, como si la gravedad de
bón que parecía esculpido directamente sobre su cuerpo, estab
b Th
de descuido. Su mandíbula cuadrada, cubierta por la sombra de una barba de un día, estaba tensa, marcando las líneas de una furia contenida. Pero fueron sus oj
a inconfundible colonia de cedro y bergamota qu
a, e
ada de una autoridad que no admitía réplica. El sonido de esa palabra,
rones en la industria, finalmente se activó. Enderezó la columna, alzando l
res años exactos. Qué irónico que hayas veni
o reflejo. Su presencia era abrumadora, llenando el espacio que hasta hace un minuto le pertenecía solo a ella. Con un mov
como seda sobre cuchillas-. Especialmente cuando dejaste un asunto legal valorado en cien mill
con tanta fuerza contra las costilla
aldito apellido -escupió ella, su voz temblando por primera vez-. Cumplí mi año. Fuimos marido y mujer en papel, fingimos sonrisas en tus galas corp
luando el lujo industrial, las cámaras de formato medio, las fotografías enmarcadas d
la firma de ambos cónyuges para su liquidación final. Llevo tres años lidiando con un agujero fiscal porque mi
ra una transacción. Una que dejaste muy clara desde el día uno. Me pagaste para ser tu sombra, tu e
manos se volvieron de hielo. Dios mío, Leo. Su hijo estaba en la habitación trasera, la zona de descanso que había insonorizado precisame
s de color avellana de Mila. Él era un depredador corporativo;
un susurro peligroso. Se acercó lo suficiente para que e
sta que su espalda chocó contra la pared de ladrillo visto. No había a dónde huir-. Quiero que te vay
Metió una mano en el bolsillo de su pantaló
a de las líneas punteadas frente a mí. Y después de eso... -Se inclinó hacia ella, sus rostros a escasos centímetros-. Despué
continente. La había rastreado únicamente por su necesidad obsesiva y enfermiza de tener el control absoluto sobre sus activos y su papeleo. Él seguía siendo exactam
lo con un asco que esperaba que ocultara su
mantiene este mundo en ord
e saliera de su propiedad, dispuesta a amenazarlo
nciar una sola sílaba, un sonid
rueno. No f
l crujido de una puerta de mader
pleto. La sangre abandonó su rostro,
un depredador, parpadearon por primera vez. Sintiendo el cambio absoluto en el lenguaje corporal d
peluche deshilachado y frotándose los ojos hinchados por el sueño, estaba la
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