N
atravesó el aire viciado de la galería
terror cerval que inyectaba de sangre sus ojos. Continuaba de rodillas sobre l
ivo en la caja fuerte. Lo sé. Conozco tus márgenes de ganancia. Solo necesito cincuenta mil euros para aseg
manos suplicantes del hombre que la había engendrado-. Y deja de jurar por Dios, porque si Da
s críticas de su padre, su desdén por el arte, su implacable exigencia de perfección en un mundo de apariencias vacías.
tinuó Alessia, su voz adquiriendo una frialdad y una dureza que no reconoció como propias-. Buscará al siguiente Thorne en la línea de sangre. Me buscará a m
. El último vestigio de su ego de macho alfa corporativo se ev
Alessia -lloró, las lágrimas res
siste en los registros de la empresa por pura vergüenza hacia mi estilo de vida -sentenció ella, dándose la vuelta y c
voz apenas un susurro tembloroso en
blancos. El pulso le martillaba en los oídos con la fuerza de un tambor de guerra, pero su men
que provocaste. Voy a negociar e
o de desesperanza que habitaba en el interior de Alessia. Una tormenta pertinaz azot
restauradora de arte que solía ser. Se estaba preparando para la guerra y, como cu
Se abotonó la camisa de seda blanca hasta la clavícula y recogió su indomable cabello castaño en un moño tirante en la nuca, sin permitir que un sol
endo que el oxígeno quemaba sus
os. Cuando el vehículo se detuvo finalmente frente a la dirección indicada, Alessia sintió que la gravedad se multiplicaba por d
La guarida
n monumento físico al poder absoluto y la dominación. A diferencia de los rascacielos vecinos, que jugaban con formas cu
a tormentosa, devorándola como un agujero negro en el centro de Milán. Sus líneas eran rectas, afiladas, carentes de cualquier tipo de adorno arquitectónico innecesari
structura. El edificio era exactamente igual a la reputación de su d
ra disimular el latido frenético en la base de su gargant
mausoleo de alta tecnología. El suelo era de mármol negro veteado, pulido hasta alcanzar un brillo casi líquido. No había plantas, ni cuadros de colores cálidos, ni mús
on auriculares translúcidos y posturas rígidas, patrullaban el perímetro con la mirada fría y evaluadora de militares en zona de confli
macizo de granito oscuro que parecía el altar de sacrificios de una religión corporativa. De
erfección del silencio del vestíbulo. Varios de los guardias de seguridad giraron la cabeza hacia ella al unísono, evaluando la am
Sus ojos, del color del hielo, recorrieron a Alessia de pie
jo la mujer, con una voz afinada y carente de infl
lo que esperaba, resonando en el vasto espacio con una autorida
n sobre el teclado por una fracción de segundo impercepti
. El señor Cavelli y los vicepresidentes no reciben visitas
ambas manos sobre el frío granito del mostrador, inclinándose ligeramente hacia adelante
iferencia profesional, pero una chispa de
sponible. Como le indiqué, no tiene cita. Tendré que
con cinco balas en el tambor, pero retroceder ahora significab
e forma instintiva-. Llame al piso superior. Dígale a Dante Cavelli que la hija de Richard Thorne está parada en su vestíbulo principal. Dígale que vengo a discutir l
e la locura suicida que tenía frente a sus ojos. Lentamente, la mujer levantó el auricular de un teléfono rojo o
iradas pesadas de los guardias de seguridad clavadas en su espalda, esperando solo un gesto
ssia ya no con desdén burocrático, sino con una mezcla perturbadora de respeto profesional y autént
-indicó la recepcionista, su voz perdiendo un grado de su gélida
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