iguiente
piernas, para mi blusa empapada, para m
y el ventilador no ayudaba en nada. Abrí la ventana y sentí el sol quemándome la
iado. Arriba firme, escotado. Abajo un poco más metido de lo que mi tía consideraría decente. Encima me amarré un p
. Y ahí estaba él: en la silla del patio, con un short negro, los lentes pu
in sacarse los lentes-.
quemado que el arroz de la tía -le
ió un poco. No hice
alberca, de los perros del vecino. Todo superficial. Pero en cada palabra, e
errar los muslos. Lo vi beber con la cabeza hacia atrás. Tenía el cuello tenso, la nuez marcada, una gota de
ramos por nada. Que si escuchábamos la licuadora, era porque se estaba pre
living como si fuera cualquier otra tarde. Pusimos una película. Algo gringo, sin gracia,
u lado, deja
cuerpo sí. Su brazo tocaba el mío, tibio, firme. La tela del sofá entre nosotros ya no ex
stros cuerpos se pegaran sin esfuerzo. Sentía mi espalda transpirando contra la blu
bajó. Lenta. Hast
a supieran exactamente hasta dónde querían llegar. No se movieron de golpe. Solo se que
dejando que sus dedos subieran un poco más. Podía o
dos falsos en pantalla.
erca. Me giré un poco, rozando su muslo con el
jo -le susurré
igual de bajito-. Con es
é a mi
i se acercaba un centímetro
ces m
bio. Yo le lamí la boca. Nos abrimos. Nos tragamos. Sus manos me tomaron por la cintura, con urgencia, con
El pareo ya estaba por los suelos. Mi respiración se entrecortaba contra su
nsaba para no acabar antes de tiempo. Mis manos se aferraron a sus hombros, él me tomó
n el estómago ya no era calor ni nervio. Era
frenarse. Cada vez que yo me movía, su cuerpo respondía con una tensión nueva: un mús
jo mi pelvis. Y no estaba arrepentida. Ni un poco. Ya no podía decirme que
o ahí
en des
ó por el pasillo como u
la mano entre mis piernas. El corazón desboc
amos que esto no había terminado. Ni de ce
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