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asar las vacacione
ía más bien una reliquia que movía polvo en lugar de aire. El olor a humedad, a bloqueador bara
dor pegado en la piel, o tal vez
pri
de Dragon Ball. Tenía un lunar en la mejilla y se la pasaba corriendo detrás de mí con una pistola de agua, diciéndome que er
saludó como si nada, supe que e
sa que no es de tímido, sino de alguien que sabe que se ve bien sin necesidad de decirlo. Me ayudó con las maletas sin ha
fin, sin despegar la vista de m
gen -le solté, con ese tonito de broma
ectamente de qué hablábamos sin decirlo y
egaba a la espalda por el sudor. Pude notar cómo me dejaba pasar primero por la entrada angosta del pas
or solar. Nos abrazó como si fuéramos una familia feliz y funcional, repitiendo lo típic
to-. Si hasta parecen actores de nov
chata que sabía más a canela que otra cosa. Comimos viendo la tele. Él se se
un ac
uiere. Como una caricia disfrazada de des
ás de la cuenta. Y cuando hablaba con la tía, tenía la cara
pero real. Yo fingía que no me daba cuenta pero el calor me sub
bia, con poca presión, pero suficiente para quitarme el sudor del viaje. Me enjaboné lento, dejando que el agua corri
me puse una blusita holgada y un short desgastado. Sin sostén. S
Tenía el cuerpo marcado, no de gimnasio, sino de cargar cosas, de meterse al mar sin miedo. Tenía la piel quemada por el sol, el
s un segundo. Pero ese segun
le dije, bajando la mira
aer más ropa -contestó con ese t
eí. Él
on la almohada vieja y el ventilador que giraba lento, como si no tuviera ganas de vivir.
rujido de la cama. Se quedó quieto. Luego, música bajita desde su celular. U
in quererlo, lo i
ya era tarde. La imagen se qu
cuartos separados, p
ciente para po
idente o porque algo en mí quería ser vista. Lo escuché entrar. Se quedó un momento
es. No supe si lo hice a pr
íbamos a hacer los primos, iba
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