Contrato de Olvido
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revestidas de mármol veteado y obras de arte abstracto que costaban más que la educación de una persona promedio, pro
plomizo, presagiando una tormenta que parecía atrapada en
hacía parecer un titán de la industria, alguien hecho de piedra y ambición. No se había quitado la chaqueta del traje, a pesar de que eran pas
hagamos esto más largo de lo n
os en Singapur o Londres. Clara, sentada a la mesa de caoba de la biblioteca, sintió que el frío del mármol se le f
io de u
tro documento: el contrato matrimonial. En aquel entonces, su padre estaba al borde de la quiebra y la cárcel. Sebastian Moretti, el joven tiburón que estaba devorando el mercado inmobilia
enuamente que podría derr
láusula de confidencialidad y una compensación económica que no pedí. ¿Es est
un gris tormentoso, la recorrieron con una
inos desde el primer día. Tu padre mantuvo su empresa y su prestigio, y yo obtuve la paz necesar
de un insulto. Él hablaba de libertad como si ella
re, Sebastian. Has vivido como si yo no existiera, entrando y saliendo de esta casa como si fuera un
e duda de tu elegancia -respondió él con u
el "error
de la costa. Recordaba el sabor del whisky en sus labios, el calor inusual de sus manos sobre su cintura y la forma en que él había susurrado su nombre co
éndose en silencio, y solo le envió un mensaje de texto horas después diciendo que "lo de anoc
sto impaciente-. Mi vuelo a Milán sale en una hor
apel, sellando el final de su vida como la Señora Mo
pero que tu imperio te dé el calor
unque una pequeña fibra
viendo a mirar su reloj de pulsera-. Mi abogado recogerá las llaves. Te he dejado una
s lágrimas agolparse en sus ojos-. Para cuando vuelvas, seré un
do del
ba aire, necesitaba escapar de la fragancia a sándalo y poder que emanaba de él. Bajó al ga
había llevado consigo, quizá como un último intento de recordarle quiénes eran. Era una foto de su boda. En ella, Clara sonreía a la cámara con
cla de dignidad herida y tristeza profunda- se quedó grabado en sus pupilas.
a -gruñó pa
que ella cometiera una imprudencia que terminara en la prensa. Agarró las llaves de su deportivo y bajó
d. El tráfico de la ciudad era un caos de luces rojas y reflejos sobre el asfalto inundado. La v
arla a detenerse, para decirle que regresara a casa hasta que esca
, milagrosamente, logró frenar a tiempo, dejando que el gigante de acero pasara a escasos centímetros de su
só el freno a fondo, pero el deportivo se cel remolque del camión. La bolsa de aire estalló en un fogonazo blanco, pero no
r y el corazón se le detuvo. Reconoció el modelo, la matrícula, la
ientras abría la puerta de su coche, corriend
spués: El Hos
una mezcla de aceite y la sangre de su marido. Los papeles del divorcio, olvidados en su
ndose la mascarilla. Su rostro era
ue severo y hubo una pequeña hemorragia subdural que
suspiro que fue
. ¿Puedo verlo?
, una sombra c
ecíficas de la memoria reciente. Sebastian ha despertado hace unos minutos. Está
untó Clara, sinti
oretti. Para él, el contrato que firmó con su padre, su ascenso a CEO global y... -el
rencia y de aquel encuentro apasionado hace seis meses... todo había
e soy su espos
consejo, al menos por las próximas 48 horas, es que no lo fuerce. Si él no la recon
rir la puerta. Sebastian estaba sentado en la cama, con un vend
. Había una curiosidad pura, casi infantil, y algo que
o el doctor dice que he tenido un accidente. ¿Trabajas para mí? Eres... eres la muj
acía tres horas ahora la miraba como si fuera un milagro. Los papeles del div
o de bodas que aún llevaba puesto y
ndo contra sus costillas-. Y sí, Sebastian. Podría