“Durante cinco años, fui la esposa devota que ayudó a Alejandro a construir su imperio tecnológico. Pero en el momento en que su primer amor, Cristal, regresó con una lesión fingida, él le entregó el collar de diamantes que era para nuestro aniversario y me abandonó en medio de una tormenta torrencial. Sabía que mi estrés postraumático por un secuestro en el pasado hacía que las tormentas me aterraran, pero se fue con ella sin mirar atrás. Cuando lo llamé pidiendo ayuda, aterrorizada por el extraño que conducía mi Uber, fue Cristal quien contestó. -Alejandro está en la regadera -se burló-. No arruines nuestro reencuentro. Apenas escapé de un ataque esa noche, solo para volver a casa y descubrir la traición final: Alejandro nunca registró nuestra acta de matrimonio en México. Legalmente, nunca fui su esposa. Solo fui un reemplazo hasta que ella regresara. Mientras él estaba ocupado consolándola, yo no grité ni peleé. Simplemente trituré el acta de matrimonio falsa, hice mis maletas y desaparecí. Para cuando se dio cuenta de su error y vino a rogarme de rodillas, yo ya me había ido.”