“Era la esposa trofeo de un multimillonario, pero cuando caí enferma, tuve que rogarle a mi esposo, Alejandro, por mil pesos solo para comprar tampones. Se negó, humillándome por malgastar mi miserable mensualidad. Minutos después, mi celular se iluminó con fotos de él en un yate, regalándole a su exnovia un collar de cinco millones de dólares. Los mensajes de las otras esposas fueron brutales: «Pobre Valeria. Siempre el segundo plato». Me había prohibido trabajar, tener cualquier tipo de independencia, llamándome un «adorno». Yo era una posesión que había comprado, con menos valor que la joya que le regalaba a otra mujer. La humillación ardía más que cualquier fiebre. Él controlaba mi vida, pero no controlaría mi escape. De pie, empapada por la lluvia, tomé una decisión. Si el dinero era libertad, yo misma me la ganaría. Empujé la pesada puerta de «El Diván Escarlata», un club de élite donde se vendían secretos y se hacían fortunas. Mi nueva vida estaba a punto de comenzar.”