“Mientras yo luchaba por mi vida en la sala de partos, mi esposo acaparaba las portadas de todos los tabloides, atrapado en un amorío escandaloso. Nunca vino a verme, ni a mí ni a nuestro hijo recién nacido. En su lugar, se llevó a su amante, una actriz de moda, a un resort de lujo en Los Cabos, justificando su traición como un simple "acuerdo de negocios". Cuando su amante apareció con un descaro monumental en mi propia casa, se burló de mí, asegurando que mi esposo deseaba que yo hubiera muerto en el parto. Luego, me restregó en la cara una prueba de paternidad que, según ella, demostraba que mi hijo no era suyo. Y mi esposo le creyó. Le creyó las mentiras a la mujer que se metía a escondidas en el cuarto de nuestro bebé para pellizcar y dejarle moretones a mi hijo indefenso mientras dormía. Él se puso de su lado, la protegió de mí e incluso intentó quitarme a mi hijo para criarlo con ella. Había perdido a mis padres y a mi hermano, y ahora estaba perdiéndolo todo. Era huérfana, una esposa traicionada, y estaban tratando de arrebatarme lo único que me quedaba: mi hijo. Pero me subestimaron. Creyeron que Alejandro Vargas era la persona más poderosa que conocía. Se equivocaron.”