“Durante cinco años, fui el fantasma en la mansión de mi esposo multimillonario. Acepté su frialdad glacial, creyendo que el implacable magnate tecnológico simplemente era incapaz de amar. Esa mentira se hizo añicos cuando lo vi abandonar una fusión de cien mil millones de pesos para arrodillarse en el sucio piso de una delegación y atarle la agujeta a su amante. Su crueldad se intensificó. Hizo que me sacaran a rastras de una mesa de operaciones para cocinar para ella. Dejó que ella destruyera la obra de mi vida, y luego me sujetó mientras ella me cortaba las manos con los trozos de mármol roto. Para calmarla, me obligó a recoger vidrios rotos de una alberca con las manos desnudas, mientras mi sangre enturbiaba el agua y los invitados de la fiesta observaban en silencio. Él no era incapaz de amar. Solo era incapaz de amarme a mí. Pero en su último acto de humillación, su amante cometió un error fatal. Creyendo que firmaba un documento para deshacerse de mí, usó el sello personal de él, legalmente vinculante, y estampó nuestros papeles de divorcio. Ella creyó que me estaba aniquilando; en vez de eso, me liberó.”