“Mi esposo, Arturo, tenía un patrón. Me engañaba, yo lo descubría y un libro raro aparecía en mi estante. Cuarenta y nueve traiciones, cuarenta y nueve disculpas carísimas. Era una transacción: mi silencio a cambio de un objeto hermoso. Pero la número cuarenta y nueve fue la gota que derramó el vaso. Faltó a la ceremonia de premiación de mi padre moribundo -una promesa que le hizo mientras sostenía su mano- para comprarle un departamento a su novia de la preparatoria, Julieta. La mentira fue tan casual que me rompió más que la infidelidad. Luego la llevó al jardín conmemorativo de mi madre. Se quedó ahí parado mientras ella intentaba erigir un monumento para su gato muerto junto a la banca de mi mamá. Cuando los confronté, tuvo el descaro de pedirme compasión. -Demostremos un poco de compasión -dijo. Compasión por la mujer que profanaba la memoria de mi madre. Compasión por la mujer a la que le había contado sobre mi aborto espontáneo, un dolor sagrado que él había compartido como un secreto sucio. Entonces me di cuenta de que no se trataba solo de un corazón roto. Se trataba de desmantelar la mentira que yo le ayudé a construir. Esa noche, mientras dormía, instalé un micrófono en su teléfono. Soy estratega política. He arruinado carreras con mucho menos. El quincuagésimo libro no sería su disculpa. Sería mi declaración final.”