“Como único heredero de la dinastía Garza, me presentaron tres propuestas de matrimonio. Eran de las hijas de las familias más poderosas de Monterrey: Karla, Daniela y Jimena, mis amigas de la infancia, a quienes había amado toda mi vida. Pero mi vida se convirtió en una serie de tragedias. Me casé con ellas, una por una, y una por una, murieron protegiendo al mismo hombre: Javier Cienfuegos, el hijo del administrador de nuestra hacienda. En su lecho de muerte, mi tercera esposa, Jimena, me confesó la devastadora verdad. -Nosotras solo amamos a Javier. Me dijo que se casaron conmigo por mi poder, usando el apellido Garza como un escudo para mantener a salvo y en sus vidas a su amante de baja clase. Mis matrimonios, sus muertes... todo fue una mentira. No fui un esposo; fui un guardaespaldas, un pendejo cornudo en su trágico romance. Pasé toda una vida como un personaje secundario y morí viejo, solo, con la lástima de la ciudad como única compañía. Mi vida entera había sido una broma cruel, y yo era el remate. Hasta que abrí los ojos de nuevo. Tenía veinticuatro años, de pie frente a mis padres, con las mismas tres cajas de terciopelo sobre la mesa.”