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El hijo bastardo de él, la fortuna robada de ella

Capítulo 5 

Palabras:864    |    Actualizado en: 28/08/2025

labios. Era obvio que esperaba que gritara, que me quebrar

qué el impecable documento que mi abogado ya había red

e divorcio", dije. "Pero él no lo fi

que ser él quien terminara las cosas, a su manera. Desde su perspectiva,

o los ojos, antes de recuperar la compostura,

ero". Luego, se inclinó hacia mí y soltó en un susurro: "¿Te digo algo? Hemos estado juntos por mucho tie

que entendía sus demonios. Habló de una noche hace siete años, cuando

donante era una joven anónima que era compatible conmigo, pero en el último minuto hubo una compli

ágil cuñada, era compatible. Insistió en hacerse la prueba, pues

ado perfecto y conveniente. Ellos habían estado juntos desde ese entonces. Y la "complicación" con la donante original p

sa. Lo suyo no era una aventura reciente,

con una voz carente de em

la desconcertó, pues esa no era la

título. Quiero todo lo que fue tuyo". Luego, me miró de pies a cabeza y agregó con desprecio: "No me basta con que

a de mi recámara se

te. Soltó un grito de dolor, se tambaleó hacia

su rostro. "¡Charlotte, por favor! ¡Lo sien

alabras ante la auda

y mirándome con furia,

ió Haven. "¡Y aun así me empujó!

a, tan completamente infund

. "Aiden, hay cámaras en esta c

arido ni siquiera estaba escuchando. Estaba atrapado en su pro

ara. ¡Confío en mi hijo! ¡Y conf

var cada uno de mis movimientos, ahora se negaba a mirar lo único que demostraría mi inocencia. Por años, había afirmado qu

en, jalando del brazo a Aiden y re

con frialdad: "Charlotte, ya no sé quién eres. Has cambiado. Solías ser

on, dejándome sola en la habitación. El clic d

so y empecé a reírme. El

icado todo por él. Lo que había cambiado era nuestra relación. Se había podri

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El hijo bastardo de él, la fortuna robada de ella
El hijo bastardo de él, la fortuna robada de ella
“Encontré el documento por accidente. Aiden estaba lejos y yo estaba buscando los viejos aretes de mi madre en la caja fuerte, cuando mis dedos rozaron una gruesa y vieja carpeta que no reconocía. No era mía. Una etiqueta señalaba que era el "Fideicomiso de la Familia Herrera". Allí, se establecía que el principal beneficiario de la inmensa fortuna de Aiden no era yo, su esposa desde hacía siete años, sino un niño de cinco años llamado Leo Herrera. Además, la tutora legal de ese niño estaba listada como la segunda beneficiaria. Y esa persona era Haven Herrera, mi cuñada adoptada. El abogado de mi familia lo confirmó una hora después. Era un movimiento real, y estaba blindado. De hecho, se había establecido cinco años atrás. Al enterarme de eso, el celular se me resbaló de las manos, y un entumecimiento se apoderó de mí. Me había pasado siete años justificando la locura de Aiden, sus ataques de ira, su posesividad, creyendo que solo se trataba de una forma retorcida en la que me demostraba su amor. Me moví a trompicones por la fría y silenciosa mansión, hacia el ala este, donde escuchaba risas. A través de las puertas de cristal, los vi: Aiden tenía a Leo sentando en su rodilla, y Haven estaba a su lado, con la cabeza sobre su hombro. Junto a ellos, sonriendo y mimando al niño, estaban los papás de mi esposo, mis suegros. Eran la familia perfecta. "Aiden, finalmente se formalizó la transferencia de los activos de los Knox al fideicomiso de Leo", dijo su padre, alzando una copa de champaña. "Todo está bien sellado". "Así es", contestó mi marido, con calma. "El dinero de la familia de Charlotte siempre le perteneció al heredero de la familia Herrera". Estaba hablando de mi herencia, del legado de mi familia. Lo había transferido todo a su hijo bastardo. Había usado mi dinero para asegurar el futuro del resultado de su traición. Y todos lo sabían; de hecho, lo habían ayudado a conspirar en mi contra. Además, me di cuenta de que su ira, su paranoia, su enfermedad, no eran para todos. Básicamente era un infierno que había reservado solo para mí. Me alejé de la puerta, con el cuerpo tan frío como el hielo, y regresé corriendo a nuestra recámara, esa que habíamos compartido por siete años, y cerré la puerta. Miré mi reflejo, al fantasma de la mujer que alguna vez fui, mientras una promesa se articulaba en mis labios. "Aiden Herrera, nunca te volveré a ver", susurré.”
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