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El hijo bastardo de él, la fortuna robada de ella

Capítulo 4 

Palabras:1007    |    Actualizado en: 28/08/2025

no frío y cortante. De hecho

alzaron la vista

la bailarina de porcelana, levantó la barbilla, y respondió: "No

e", objeté, avanzand

la alejó de mí. Mientras lo hacía, aflojó su agarre de la figura de porcelana

ba en silencio. Todo lo que pude ver fueron fragmentos blancos esparcidos por el suelo

mbros. No me percaté de que el niño lloraba de dolor, ni que Aide

terminó cayéndose, raspándose la rodilla en el proceso.

ó! ¡La tía Lott

, gritó Haven, cor

solo un niño!", exclamó mi sueg

a. Yo estaba en el suelo, rodeada de porcelana rota,

estello de algo, que podía ser reconocimi

de enojo, espetó: "Te dije que lo vigilaras. Qu

a, poniéndose a llorar. Luego, cargó a Leo y se apresu

dillándose a mi lado. Luego intentó tocarme el hombro, pero yo me aparté, así qu

tía que las palabras me raspaban

a...?", comenzó, con un

rré, recogiendo un pequeño y afila

dores del mundo, así que quedará como nueva. Lo prome

propósito. Y tú... simplemente lo permitiste", respondí, mie

años! ¿Quieres que le pegue?", inquir

que se di

voz que adoptaba durante sus ataques de ira salía a flote. "¿Por

cómo veneno. Luego, mirándolo directamente a lo

se instaló

porque sus padres murieron en un accident

de sarcasmo. "¿Y tú, por tu enorme bondad, decidist

usó su viejo truco de voltear mis sospechas contra mí, para hacerme quedar como la villa

s a Leo porque era lo correcto. Somos una familia", int

encia, a pesar de que intentaban sofocarme con sus mentiras. Sentí unas náu

uno por uno en mis manos ahuecadas. Cada borde afilado era un dolor fresco, un recordatorio de algo que se había destrozad

, lo miré, le dediqué una sonrisa fría y declaré: "Gracias por rega

nos y mirándolo a los ojos, le dije suavemente: "Sin e

fui, dejándolo de pie entre las

rofundamente en mis huesos, que me irí

caja de música. Desafortunadamente, mis esfuerzos fueron inútiles, pues las grietas eran visibles.

No mostraba su habitual expresión frágil y dependien

n una voz desprovista de calidez. "Quiero que f

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El hijo bastardo de él, la fortuna robada de ella
El hijo bastardo de él, la fortuna robada de ella
“Encontré el documento por accidente. Aiden estaba lejos y yo estaba buscando los viejos aretes de mi madre en la caja fuerte, cuando mis dedos rozaron una gruesa y vieja carpeta que no reconocía. No era mía. Una etiqueta señalaba que era el "Fideicomiso de la Familia Herrera". Allí, se establecía que el principal beneficiario de la inmensa fortuna de Aiden no era yo, su esposa desde hacía siete años, sino un niño de cinco años llamado Leo Herrera. Además, la tutora legal de ese niño estaba listada como la segunda beneficiaria. Y esa persona era Haven Herrera, mi cuñada adoptada. El abogado de mi familia lo confirmó una hora después. Era un movimiento real, y estaba blindado. De hecho, se había establecido cinco años atrás. Al enterarme de eso, el celular se me resbaló de las manos, y un entumecimiento se apoderó de mí. Me había pasado siete años justificando la locura de Aiden, sus ataques de ira, su posesividad, creyendo que solo se trataba de una forma retorcida en la que me demostraba su amor. Me moví a trompicones por la fría y silenciosa mansión, hacia el ala este, donde escuchaba risas. A través de las puertas de cristal, los vi: Aiden tenía a Leo sentando en su rodilla, y Haven estaba a su lado, con la cabeza sobre su hombro. Junto a ellos, sonriendo y mimando al niño, estaban los papás de mi esposo, mis suegros. Eran la familia perfecta. "Aiden, finalmente se formalizó la transferencia de los activos de los Knox al fideicomiso de Leo", dijo su padre, alzando una copa de champaña. "Todo está bien sellado". "Así es", contestó mi marido, con calma. "El dinero de la familia de Charlotte siempre le perteneció al heredero de la familia Herrera". Estaba hablando de mi herencia, del legado de mi familia. Lo había transferido todo a su hijo bastardo. Había usado mi dinero para asegurar el futuro del resultado de su traición. Y todos lo sabían; de hecho, lo habían ayudado a conspirar en mi contra. Además, me di cuenta de que su ira, su paranoia, su enfermedad, no eran para todos. Básicamente era un infierno que había reservado solo para mí. Me alejé de la puerta, con el cuerpo tan frío como el hielo, y regresé corriendo a nuestra recámara, esa que habíamos compartido por siete años, y cerré la puerta. Miré mi reflejo, al fantasma de la mujer que alguna vez fui, mientras una promesa se articulaba en mis labios. "Aiden Herrera, nunca te volveré a ver", susurré.”
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