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Guerra de Suegras: El Duelo

Capítulo 2 

Palabras:858    |    Actualizado en: 09/07/2025

ambas manos. Sofía no perdió la calma. La furia que sentía era un bloque de hielo en su pecho, frío y calculador. Hacer una esc

sereno que todos se giraron para mirarla. Le pas

espira. Es solo una re

y dirigió a todos una so

e que cualquier emoción fuerte le cae de golpe al estómago, y conoce

. Doña Elena parpadeó, su guion de "la n

voz llena de un ent

na ofensa para la receta de su bisabuela! Ricardo, mi vida, sírv

ar, Ricardo, confundido pero obediente, le sirvió una porción generosa del flan,

e alegre el corazón!", exclamó, rociando el postre

el ritmo, se gir

receta familiar tan importante debe ser compartida. Es una ben

Una por una, las tías y primas se vieron obligadas a aceptar una porción del flan endemoniado. Sofía,

e su peinado se sacudió violentamente. La tía Consuelo se abanicaba la cara con una servilleta, sus ojos llorosos fijos en su hermana

hara y su rostro se contrajo. Miró a su esposa con un rencor acumulado durante treinta años y luego a Sofía, que le g

el lugar de Doña Elena. La mujer la miraba con puro veneno en los ojos. La sonrisa

ran maestra de esta obra de arte. Doña Elena, usted debe honrar a su bisabuela comiendo la porción más gr

en el plato de Doña Elena y, antes de que la mujer pudiera decir una palabra, vació el resto del

Sofía, levantand

a, la miraba fijamente. Rechazarlo sería admitir su trampa. Aceptarlo era someterse a su prop

tura visible. Su rostro pasó del rojo al púrpura. El sudor perlaba

na sonrisa de p

lo hizo con mucho amor. Un amor que pica, pero entr

llena de fuego, solo pudo asentir con un movimiento espasmódico. La primera batalla había terminado, y Sofía no

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Guerra de Suegras: El Duelo
Guerra de Suegras: El Duelo
“Sofía Rodríguez, experta en librarse de suegras tóxicas, preparaba a su hija Valeria para un compromiso con Ricardo De la Vega. Pero al cruzar el umbral de la opulenta casa, Sofía supo que no sería una visita común. Doña Elena, la madre de Ricardo, era una leyenda por derecho propio, una mujer que había destruido tres matrimonios de su propio hijo, y Valeria, para su sorpresa, se encontró en su punto de mira. Durante la cena, Elena, con una sonrisa insincera, le sirvió a Valeria un flan de cajeta con una salsa de chile de árbol, sabiendo que mi hija era gravemente alérgica al picante. Valeria, buscando agradar, dio una cucharada. El ardor la asfixió, su piel enrojeció, sus ojos se llenaron de lágrimas. Doña Elena, con falsa inocencia, preguntó: "¿No te gustó, mija?". Sentí una punzada de alarma, de furia, y una fría determinación. Esta no era una bienvenida, era una declaración de guerra. Respiré hondo, sonreí radiantemente y declaré: "¡Ay, Doña Elena! ¡Qué maravilla de chile! ¡Ricardo, sírvele a tu padre, que se ve que lleva años esperando un manjar así!". Luego, tomé el recipiente de la salsa y, con una teatralidad impecable, rocié el postre de Don Fernando con una cantidad obscena de chile. "¡Tía Remedios! ¡Tía Consuelo! ¡Primas! ¡Una receta familiar tan importante debe ser compartida!". Con cada palabra, forcé a las mujeres a tragar su propia malicia, hasta que solo quedó Doña Elena. Vacié el resto del recipiente sobre su porción, asegurándome de que su humillación fuera completa y pública. La primera batalla había terminado. "Pobre mujer," pensé, "cree que está cazando un conejo, pero acaba de meterse en la jaula de un tigre". No sabía que había activado un micrófono, ni que cada una de sus palabras se transmitía en vivo.”
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