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Un Matrimonio Sin Alma

Capítulo 2 

Palabras:676    |    Actualizado en: 09/07/2025

sábanas blancas. El frío del lugar parecía traspasar el vidrio y meterse en sus huesos. No s

to a sus suegros, apenas la semana

con su sonrisa amable de siempre. "Sabemos que Elena puede ser... difícil. Pero tien

o y necesitaba comer bien. Lo cuidaban a él más de lo que su propia hija lo hacía. Y a

sorda en su pecho, una qu

su trance. Era su secretaria,

n momento así, pero hay un problema fina

preguntó Ricardo

, con un tono vacilante. "Quinientos mil pesos. La transferencia fue autorizada

tos mil

abandonado en el peor momento, no solo había dejado morir a sus padres,

l pesos," repi

rme preliminar de la policía hablaba de un conductor que se había dado a la fuga. Elena hab

fiesta de la empresa. Sebastián Rojas había aparecido sin ser invitado. Elena se

onamiento, Ricardo se h

ía él aquí

nes algún problema?" con

oche de Ricardo, se rió. "Tranquilo,

irviera. Cuando intentó decirle a Elena que le mostrara un p

acer," siseó ella. "No olvide

portado eso y mucho más, todo por amor, o por lo que él creía que era amor. Se ha

ota hab

Era una rabia que no había sentido en años, una que había

tomada. Ya no había amor, solo qu

no llamó a Elena. Marcó el número del ser

cero. "Soy Ricardo Navarro. Quiero cancelar inmediatamente todas las tarjetas de cr

El imperio que había construido para

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Un Matrimonio Sin Alma
Un Matrimonio Sin Alma
“Mi teléfono sonó, rompiendo el silencio gélido de la sala de espera del hospital. El nombre de mi esposa, Elena, brillaba en la pantalla, pero no era ella; era yo quien acababa de intentar contactarla por décima vez. Finalmente, Elena contestó, su voz, acompañada por el ruido de una fiesta, sonaba molesta: "¿Qué quieres, Ricardo? Te dije que no me molestaras, hoy es mi cumpleaños." Le informé, con la voz quebrada, del grave accidente que habían sufrido sus padres, quienes viajaban en el coche que le regalé. Ella no solo se rio, sino que se burló de mí, acusándome de inventar todo para impedirle viajar. "Estás patético, ya estoy en el aeropuerto", espetó con indiferencia, e incluso me exigió que firmara por ella la autorización para la cirugía que sus padres necesitaban urgentemente. Se atrevió a decir: "Para eso eres el yerno perfecto, ¿no?" Después de confesarle que no podía firmar porque no estábamos legalmente casados, me colgó. Minutos después, volvía a llamarle, pero ella solo gritaba que la dejara en paz y que ya estaba en el avión. Me sentí completamente impotente, una cruel ironía considerando todo el dinero y el poder que tenía. Escuché que el médico nos daba la terrible noticia: "No lo lograron". Miré las puertas de quirófano en las que había estado concentrado todo el tiempo y en las que mi vida se había desvanecido. En el funeral de mis suegros, no podía entender cómo ella podía ser tan egoísta. "¿Es que no lo sabía?" se preguntaban todos, susurrando, mezclando lástima y desprecio por mí. Me sentí humillado mientras ella se iba con Sebastián. Lo había soportado todo por amor, o por lo que creía que era amor. ¡Qué idiota había sido! La rabia, fría y afilada, comenzó a reemplazar el vacío. Fue entonces cuando la vi en la playa con su amante, Sebastian Rojas, con el coche que le regalé de fondo en la foto, el mismo que ahora era un amasijo de hierros. En ese momento, no sentí nada. Me di la vuelta y me fui, sin mirar atrás. ¡Este era el final!”
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