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La Novia Que Apostó Todo

Capítulo 3 

Palabras:503    |    Actualizado en: 09/07/2025

os al

as afueras de la ciudad, un lugar que olía

ra que colgaba sobre una mesa redo

y sus dos cómplices, los mismos "amigos" que

ó la vista de sus cartas. Una sonrisa an

", dijo, su voz chorreando sarcasmo. "Pa

ecordó mis palabras y se mantuvo

oré a

sa y me senté en una silla vací

repentino lo

arqueó u

a mesa para jugadores, no

nando en el silencio tenso. "¿O es que

hizo más grande, sus oj

y todavía tienes ganas de

taba de pie detrás d

inero de la última partida. Si quieres jugar,

mente lo q

lenta

rece j

letes del maletín y

cambiar un poc

e miraron,

e", dije, recostándome en la silla con una confianza que

un si

da, un sonido feo y ruidoso que

ces se uni

eso? ¡La señorita qu

sa, su cara burlona a

oco de dinero tienes alguna oportunidad?

l, mi corazón latiendo con

tenía que parecer una novat

nera de que mi

hombros. "Antes de que se muestren las car

lma pareció

ió, reemplazada por un

s, muñeca. E

e sus hombres para qu

staba a punt

ea de que estaban a pun

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La Novia Que Apostó Todo
La Novia Que Apostó Todo
“La noche de mi boda, el aire olía a flores y a fiesta, pero la casa de pronto se sumió en un silencio pesado que se sentía más ruidoso que cualquier canción. Mi flamante esposo, Marco, el hombre con el que me había casado esa tarde, no estaba a mi lado. Estaba jugándose nuestro futuro, y mi dote familiar -los ahorros de toda la vida de mis padres- en una partida de póker clandestina organizada por su supuesto "mejor amigo" , Ricardo. El sol asomaba tímidamente cuando Marco, con el traje arrugado y el alma rota, finalmente apareció, arrodillado en el pasillo, sin atreverse a mirarme a los ojos. No sentí lástima, no sentí rabia; solo un inmenso vacío al ver que lo había perdido todo. Marco era un idiota, un estúpido, que había caído en la trampa de un profesional del engaño, de un estafador. Pero la Isabella que se casó con ese hombre ya no existía. Forjada en la traición y el fuego de esa misma noche, una nueva fuerza, dura y fría, crecía dentro de mí. Con mi voz tranquila, demasiado tranquila, le entregué a Marco los títulos de propiedad de mi abuela y le dije: "Llama a tu amigo Ricardo. Dile que quiero jugar."”
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