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La Esposa Olvidada Vuelve

Capítulo 2 

Palabras:673    |    Actualizado en: 08/07/2025

la línea, seguido de una risa s

eso tú sola, Sofía? ¿Despué

informando. Quiero el divorcio. Te lo doy todo, la casa, el dinero, no quiero ni un ce

"No vas a ir a ninguna parte

escuchó una voz femenina y altanera de

ela, Ricardo? ¡P

do ob

ambre que mi hijo recogió de la basura. Camila es una Vargas. Lleva nuestra sangre. Tú no eres nadie p

lugar. Pero ya no funcionaba. El dolor de los últimos años,

el suyo", dijo Sofía con una calma que desquició a Estela.

de que pudie

día siguiente, cuando le dieron el alta, no llamó a Ricardo. No esperó un chófer. To

vibró. Era una notificación de Instagram. Andr

éndole con fuerza,

n en la sala de la casa que había sido de Sofía y Ricardo, sonriendo a la cámara como la familia perfecta. Ricardo tenía al niño en

dirigido a ella: "@SofiaPerezOficial, espero

el aire. Era una declaración de victoria, una forma de restregarle

éfono, pero

suelo con sus juguetes, había vis

u vocecita infanti

ió, incapaz

miga? ¿Por qué carga a

a tan inocente

pá ya no n

condiendo sus propias lágrimas. ¿Cómo le explicaba a una niña de cuatro años que su padre había ele

débilmente, pero las palabras s

mento, como se quiere a un objeto bonito. Pero nunca las había amado. Su corazón, si es que tenía uno, siempre le había pertenecido a Andrea. Ellas solo

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La Esposa Olvidada Vuelve
La Esposa Olvidada Vuelve
“El aire espeso del salón de fiestas de lujo se convirtió en el grito ahogado de mi hija, Camila, luchando por respirar. Sus labios se tornaban azules, sus ojos, antes brillantes, ahora nublados por el pánico. Un trozo de pastel de almendras, obra maestra de Andrea Torres, la nueva pareja de mi esposo y la mujer que me había robado todo, yacía a medio comer. "¡Ayuda! ¡Mi hija no puede respirar!", imploré, mi voz rota por el terror. Pero Ricardo, mi esposo, el padre de Camila, no vio a su hija asfixiarse. Me vio a mí. "¡¿Qué le hiciste?!", espetó, su rostro marcado por una furia que solo yo conocía. En un acto de humillación pública que se grabaría en mi alma, me arrastró por el cabello y hundió mi cara en el vómito agrio de mi propia hija. "Límpialo. Ahora", ordenó, mientras la gente observaba, algunos horrorizados, nadie interviniendo. Mientras yo lamía el suelo, una ambulancia se llevaba a mi pequeña, y Ricardo me lanzó su última advertencia: "Si le pasa algo a mi hija, te juro que te destruyo. Todo esto es tu culpa". Los siguientes quince días fueron un infierno, noches de desvelo junto a la cama de Camila, mientras Ricardo y Andrea exhibían su "amor" en redes sociales, y yo me consumía con las etiquetas de "zorra negligente" y "mala madre". "Ricardo Vargas", dije con una calma fría que no sabía que poseía. "Ya no quiero ser tu esposa." No, no pedía permiso. Informaba. Pero él se negó, y su madre me siseó: "Eres una muerta de hambre que mi hijo recogió de la basura. Camila es una Vargas. Tú no eres nadie para llevártela". Me fui con mi hija a un pequeño departamento prestado, creyendo que había escapado. Pero entonces, Instagram me mostró la foto de Ricardo y Andrea en mi casa, formando su "familia", con Andrea etiquetándome para provocar: "@SofiaPerezOficial, espero que tú y Cami estén bien". Camila me preguntó con su vocecita inocente: "¿Papá ya no nos quiere?". En ese abrazo desesperado, la verdad me golpeó: Ricardo nunca nos había amado, solo fuimos un error en su vida perfecta. Por última vez, obedecí una de sus órdenes, asistiendo a la gala de Andrea. Allí, me enteré de la cruda verdad: mi matrimonio fue una trampa, un sacrificio para liberar a Andrea de un matrimonio forzado. Yo fui el chivo expiatorio en su farsa. Ricardo me entregó una carta de disculpa, exigiendo que la leyera en voz alta, para limpiar su nombre y el de Andrea. Pero la Sofía que había lamido el vómito y había sido humillada ya no existía. "Claro", dije con una sonrisa serena. "Lo haré". Con una calma aterradora, subí al escenario, lo hice firmar un documento sin leer, y leí cada palabra de esa humillante carta. Luego, con la espalda recta, bajé. Dejé a mi hija en su auto alquilado y nos dirigimos al aeropuerto. "Nos vamos lejos, mi amor", le susurré a Camila, "a un lugar donde nadie pueda volver a hacernos daño. A empezar de nuevo". El avión despegó. Mi guerra había terminado. Y yo, por primera vez, había ganado.”
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