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El Precio del Hambre y Amor

Capítulo 2 

Palabras:856    |    Actualizado en: 08/07/2025

rápido, y el hambre volvió c

el mejor lunch de todo el salón. Su mamá le empacaba sándwiches de ja

recreo, yo me sentaba cerca de

él se di

ambre?", m

gullosa para admitirlo. Mi estómago

n burlarse. Partió su

dome una parte. "Mi mamá

jamón me venció. Lo tomé y le di una mordida. Er

e dije con l

s y comíamos en silencio. Era un acuerdo tácito, una pequeña alianza en medio del patio de la escuela. Su amabilidad e

os. No quiso compartir su sándwich. Durante el re

pasa?", l

ursión. Mi papá me va a mata

pesos. U

, una mezcla de lástima y

sigo", le dij

reguntó él,

cupes. Para ma

actuar. Mateo me había ayudado, me había dado de comer

arrio. Mi madre me mandaba a veces por el mandado. Siempre dejaba l

sarla en la báscula del fondo, mi mano se movió sola. Rápida y silenciosa. Tomé un billet

ndido en la otra. No me sentí mal. Sentí que era justo. El mu

l billete a Mateo antes d

ije que lo

n como platos. "¿De

ue tenía", ment

izo sentir bien. Ese día, me compartió su torta de

. Esa misma tarde, mi

en acá aho

a de pocos amigos. Mi madre me sost

enda", dijo mi madre, su voz llena de veneno.

lada. No pu

puesta. Me arrastró afuer

n qué clase de hija

mi padre. El primer golpe me dio en

asas, a asomarse por las ventana

o robar!", gritaba mi

i espalda. El dolor era agudo, quemante. Yo solo

vo, me dejó ahí tirada

de mi casa, ladrona", le dijo a Do

a. Pero mientras sentía el ardor de los go

e la torta de milanesa. Había comido b

ón. Dolía, sí. Pero el hambre dolía

traña y terrible se formó en mi cabeza. Los golpes eran un precio. U

transacc

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El Precio del Hambre y Amor
El Precio del Hambre y Amor
“El olor a frijoles fritos con chorizo me abría el apetito, un tormento en una casa donde la cuchara de mi madre solo servía porciones miserables para mí. Pero una tarde, vi el brillo de una oportunidad: cincuenta pesos, el premio de un concurso de dibujo que gané con la esperanza de saciar mi hambre por fin. Corrí a casa, el billete apretado en mi puño, solo para ver cómo la sonrisa de orgullo de mi madre se convertía en codicia al quitármelo. "A tu hermano le hacen falta unos zapatos nuevos para el fútbol", dijo, sellando mi destino con sus palabras y su acto. Esa noche, mientras el agua fría lavaba los trastes, el hambre en mi estómago se transformó: era un hueco en el pecho, una injusticia ardiente. ¿Cómo podía mi propia madre robarme así, negándome hasta el derecho a la comida? No era solo sobre el dinero; era sobre mi valor, mi existencia. Comprendí que si quería algo en este mundo, tendría que tomarlo, sin pedir permiso, sin esperar caridad. El hambre dolía más que cualquier golpe, y yo estaba dispuesta a pagar cualquier precio por saciarla.”
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